Tierra del Fuego, historia

La historia y las etnias aborígenes de Tierra del Fuego

Es la más joven de las provincias argentinas.

Esta habitada, desde hace aproximadamente 10.000 años, por varios grupos aborígenes: los selknams (o shelknam) u onas, los yámanas o yaganes, los alacalufes o kaweskar y los haush o manneken, siendo los selknam (o mejor, shelknam) y los manneken, integrantes del complejo tehuelches.

 

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Los primeros europeos en explorar el territorio fueron los marinos de la expedición española comandada por Fernando de Magallanes, 1520.

 

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Fernando de Magallanes

 

 

En 1555 Juan de Alderete intentó una conquista pero debió renunciar al intento, lo mismo que Pedro Sarmiento de Gamboa forzado por las inclemencias del tiempo en esos años y, en gran medida, por el hostigamiento de los piratas (Sarmiento de Gamboa fue secuestrado por los piratas ingleses en uno de sus periplos).

 

A inicios de siglo XVII el español Francisco de Hoces observó que la Tierra del Fuego era un archipiélago nucleado en una gran isla, y no parte de la costa de la Terra Incognita Australis. Poco después, según algunas fuentes, Gabriel de Castilla descubrió la Antártida. En 1616, la isla Grande fue recorrida por los holandeses Jacob Le Maire y Cornelius Willhelm Schouten. En los siguientes tres siglos distintos grupos expedicionarios ingleses, franceses y españoles recorrieron la zona. Entre 1826 y 1830, Fitz Roy junto a Charles Darwin descubrieron una nueva ruta interoceánica, el Canal de Beagle.

El decreto dictado por el Gobierno de Buenos Aires el 10 de Junio de 1829 estableció la creación de la Comandancia Político Militar de las Islas Malvinas, incluyendo a las islas adyacentes al Cabo de Hornos en el Atlántico, término éste que comprendía todas las islas conocidas hasta el momento en las proximidades de éste, es decir las islas subantárticas y antárticas, donde el Comandante haría observar por la población las leyes del país y ejercería el poder de policía sobre la pesca de anfibios.

En 1833 se produjo la ocupación de las Islas Malvinas por los ingleses.

 

La soberanía argentina en la región oriental de la isla Grande de Tierra del Fuego comenzó a hacerse concreta a mediados de siglo XIX cuando Luis Piedrabuena comenzó a explorarla regularmente e instaló un apostadero en San Juan de Salvamento, ubicado en la Isla de los Estados. En la década de 1870, llegó a la isla un grupo de misioneros anglicanos liderados por Thomas Bridges. Éste aceptó la soberanía argentina sobre la misión que fundara en Ushuaia. Poco después, misioneros católicos salesianos fundaron Río Grande, aceptando también la soberanía de la Argentina, la cual quedó consolidada desde la década de 1880 en el sector oriental de la Tierra del Fuego.

La Ley Nº 28 del 17 de octubre de 1862, dispuso que todos los territorios nacionales existentes fuera de los límites o posesión de las provincias sean nacionales, hasta entonces las provincias de Buenos Aires y de Mendoza mantenían pretensiones sobre los territorios patagónicos.

La ley N° 215 del 13 de Agosto de 1867 dispuso en su Art. 1: “Se ocupará por fuerzas del Ejército de la República la ribera del Río Neuquén, desde su nacimiento en los Andes hasta su confluencia en el Río Negro en el Océano Atlántico estableciendo la línea en la margen septentrional del expresado río de Cordillera a mar”. Esta ley corrió los límites de la nación hasta el Río Negro, dejando fuera del territorio nacional a la mayor parte de la Patagonia.

Por la ley Nº 947 del 5 de octubre de 1878, los límites de las tierras nacionales situadas al exterior de las fronteras de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, San Luis y Mendoza, son establecidos en el Río Negro, desde su desembocadura en el Océano Atlántico remontando su corriente hasta encontrar el grado 5º de longitud occidental del meridiano de Buenos Aires, por este hacia el norte, hasta su intersección con el paralelo 35º de latitud sur, por este paralelo hasta el meridiano 10º de longitud occidental de Buenos Aires, por este meridiano hacia el sur hasta la margen izquierda del Río Colorado y desde allí remontando la corriente de este río hasta sus nacientes y continuando por el Río Barrancas hasta la Cordillera de los Andes. Quedando establecido el límite norte de la Patagonia con las demás provincias.

La Gobernación de la Patagonia es creada por la ley Nº 954, del 11 de octubre de 1878. Su territorio se extiendía desde el límite fijado por la ley N° 947 hasta el Cabo de Hornos. Su capital fue Mercedes de Patagones (hoy Viedma), el 21 de octubre fue designado su primer Gobernador, el Coronel Alvaro Barros, quien procedió a la inauguración oficial de la Gobernación el 2 de febrero de 1879.

Por el tratado de 1881 y el protocolo de 1893 se estableció un límite seco y totalmente geodésico entre Argentina y Chile en la Isla Grande de Tierra del Fuego: el meridiano 68º36′38”. En 1884, una expedición argentina al mando del comodoro Augusto Lasserre llegó a la zona y fundó una Subprefectura el 12 de octubre, llevando el control gubernamental de Buenos Aires al lugar y sentando las bases de la actual capital de la provincia, adoptando el mismo nombre que le dieran los nativos al lugar: Ushuaia, “bahía que mira al poniente”.

La Gobernación de la Patagonia fue luego dividida por la ley N° 1.265 del 24 de octubre de 1882, creándose los territorios de La Pampa y de la Patagonia, siendo el límite entre ambos los cursos de los ríos Agrio, Neuquén y Negro, quedando el territorio fueguino dentro de la nueva Gobernación de la Patagonia.

En 16 de Octubre de 1884 el gobierno dictó la ley 1532 por la cual el extenso territorio patagónico se dividió en las gobernaciones de Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.

A partir de 1880 la isla fue escenario de algunos de los hechos más espeluznantes y macabros de la historia argentina. Millares de indígenas fueron masacrados por bandas de matones a sueldo al servicio de las nacientes estancias de propiedad de inmigrantes ingleses y croatas. Se llegó a pagar hasta cinco libras esterlinas por cada indio muerto, fuera hombre, mujer o niño. Aunque los padres salesianos denunciaron las matanzas y sus reportes llegaron al Congreso Nacional, nada se hizo por detenerlas ni por castigar a los responsables. La limpieza étnica se prolongó hasta bien entrada la década de 1920.

 

Extraido del sitio: http://www.tierradelfuego.gov.ar/historia/ihistoria.php

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La cultura y los habitantes originarios de Tierra del Fuego

 

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Yamanas

 

 

Hemos separado el origen de la cultura fueguina en dos etapas: primeros habitantes (Yamanas y Alacalufes) y reseña cultural, a fin de hacer notar una ruptura entre la cultura anterior y posterior a 1884. Las formas culturales de los indígenas no eran aptas para su perduración en otros medios y prácticamente no han dejado rasgos en nuestros días.

 

A la llegada de los europeos a la región, la Isla Grande estaba ocupada, en la zona de las islas y canales que se extienden al sur de la costa norte de los canales Beagle y Ballenero, por nómades del mar cuya economía se basaba en el aprovechamiento intensivo de los recursos marinos. Se denominaban a sí mismos Yámana y Halakwoolip.

 

A partir de una ruptura absoluta generada entre la cultura anterior y posterior al año 1884, debemos señalar que lo reducido de la población en el territorio fueguino durante esa época, no produjo un desarrollo cultural llamativo (tratándose de un sitio que se mantuvo durante décadas en poco más de 1000 habitantes y que no superó los 30.000 habitantes exactamente un siglo después).

 

Por otro lado, cabe señalar que no se trataba de una población afincada, al menos su mayoría. Al margen de algunas familias tradicionales, el resto estaba allí solo transitoriamente por razones de trabajo. De ninguna manera, podría haberse dado la continuidad necesaria para crear una empresa cultural sostenida por un período largo. Llama sí la atención que hayan actuado tantos hombres y mujeres que en un medio tan poco propicio, se hayan empeñado en desarrollar sus talentos y aún en compartirlos con los demás. En las últimas décadas y a medida en que la población de Tierra del Fuego fue consolidándose, fueron surgiendo actividades culturales sostenidas en el tiempo. Hoy en día diversas expresiones artísticas enriquecen nuestro medio y dan lugar al surgimiento de nuevos artistas con una identidad propia y definida.

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Los primeros pobladores humanos de Tierra del Fuego fueron cazadores y recolectores nómades que dependían de los recursos terrestres existentes. Ocupaban lo que hoy es la Isla Grande, hace ya más de 10.000 años. Llegaron desde el Norte, caminando, pues en ese momento la Isla Grande estaba todavía conectada con la Patagonia Continental. El Estrecho de Magallanes se abrió a aguas oceánicas hace sólo unos 8.000 años. Una segunda oleada de poblamiento fue la de los nómades del mar. Estos llegaron por mar, navegando de isla en isla desde el Islario Occidental de Patagonia.

 

Se estima que su antigüedad máxima es de unos 6.500 años radiocarbónicos (si se transformase esta fecha en años calendáricos sería algo más antigua). A la llegada de los europeos a la región, la Isla Grande estaba ocupada por cazadores - recolectores cuya economía se centraba en los recursos terrestres, denominándose a sí mismos: selk’nam y haush. En tanto que las islas y canales que se extienden al Sur de la costa Norte de los Canales Beagle y Ballenero estaban ocupados por nómades del mar, cuya economía se basaba en el aprovechamiento intensivo de los recursos marinos. Se denominaban a sí mismos: yámana y halakwoolip. Los selk’nan son también conocidos como onas, los yámanas como yaganes y los halakwoolip como alacalufes.

 

Del material hallado en las excavaciones hechas en los yacimientos de Marazzi, Tres Arroyos, Cabeza de León, Túnel y Lancha Packewaia, se han extraído restos fósiles y encontrado conchales que se pueden ver a lo largo de las costas del Canal Beagle. Así como también restos de utensilios realizados con material óseo, como puntas de arpones, raspadores (área yámana), arcos, flechas y restos de pieles de animales cazados por los aborígenes (área selk’nam).

 

Con referencia a la extinción de estos grupos aborígenes, se puede atribuir a las siguientes causas:

 

Sobreexplotación de mamíferos marinos en nuestros mares australes, puesto que constituían la principal fuente de alimentación de los grupos canoeros. El cambio de dieta habría disminuido la resistencia de sus cuerpos al frío de la zona.

El hecho de haber contraído enfermedades contagiadas por el hombre blanco, contra las cuales no tenían inmunidad natural.

Su reclusión en comunidades cerradas, como en el caso de la Isla Dawson (Chile).

 

La introducción de ganado ovino a la Isla por parte de los grandes ganaderos y la necesidad de ocupar las tierras para pasturas, que hasta ese momento habitaban los aborígenes del Norte, hizo también a su exterminio y a su desplazamiento hacia el Oeste, donde fueron perseguidos. Hubo casos en que se llegó a pagar “una libra esterlina por indio muerto”.

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Yámanas o Yaganes

Los indígenas canoeros o nómades marinos que vivían en el Sur de Tierra del Fuego se llamaban a sí mismos: yámana, palabra que significaba primordialmente humanidad, humano, vivo, no muerto, con buena salud. Con ese término el grupo se individualizaba respecto de otros indígenas que hablaban un lenguaje diferente, así como de todos los pueblos distintos a ellos mismos. Como nombre auténtico de esos indígenas se debe respetar esa autodenominación del ser grupal.

 

En otros escritos se los denominó de otros modos, como por ejemplo: tekenika, nombre que nunca tuvieron y que en realidad se originó en un malentendido del Capitán R. Fitz-Roy. Más comúnmente utilizado es yahgan (en la literatura en inglés) o yaganes (en castellano), pero este término no identificaba al grupo sino que fue creado por el Rvdo. Thomas Bridges, en referencia a los aborígenes que ocupaban el Yagashaga, hoy Canal Murray, y luego fue generalizado. Ya creada la Misión Anglicana en Ushuaia, algunos fueron bautizados con el término Yahgan como apellido, nombre que por esta vía llegó a tener un cierto y tardío valor de autorreconocimiento.

 

El país de los yámanas se extendía desde Bahía Sloggett al Este (en la margen Norte del Canal Beagle) hasta la Península Brecknock al Oeste y el Cabo de Hornos por el Sur, es decir un triángulo cuya base era la margen Norte del Canal Beagle y su vértice el Cabo de Hornos. El Islario que se extiende al Oeste hasta la desembocadura Occidental del Estrecho de Magallanes estaba ocupado por otros nómades de mar conocidos como alacalufes, que tenían pocas diferencias culturales con los yámanas. Hacia el Este entraban en contacto con los haush. En los grupos se producían algunos casamientos mixtos con yámanas y había algunos individuos con capacidad bilingüe que eventualmente oficiaban de traductores. Por el Norte, detrás de las montañas, habitaban los selk’nam.

 

Los yámanas llamaban a su lenguaje: yamaníhasha. Se caracterizaba por ser sonoro y abundante en vocales. A pesar de su riqueza en vocablos, los yámanas eran poco conceptuales: no entendían ideas abstractas separadas de un contexto de aplicación inmediata. Muchas de sus palabras servían para indicar matices sutiles o diferencias de situación; la estructura gramatical utilizada era sencilla. Interpretaciones ligeras crearon una desfavorable descripción del carácter de los yámanas. Los europeos que establecieron los primeros contactos les crearon una suerte de leyenda negra que incluyó apreciaciones tales como feroces, antropófagos y gran cantidad de términos peyorativos, cuya sola base era la incomprensión. Quienes posteriormente tuvieron convivencia prolongada con estos indígenas acometieron una ardua tarea para cambiar tan denigrante fama, pero lo lograron. Se debe destacar la acción de misioneros anglicanos como Thomas Bridges y John Lawrence, de científicos como Paul D. Hyades y de colonos como Lucas Bridges.

 

De baja estatura y piernas aparentemente débiles y tórax muy desarrollado, no daban la impresión de desarrollo y fuerza. Sin embargo, eran muy resistentes y en más de una oportunidad resultaron más fuertes que los marinos europeos. Tenían facciones regulares, pómulos pronunciados, frente baja, nariz de base deprimida arriba y ancha abajo y labios gruesos. Tenían cabellos negros, gruesos y lacios; eran casi lampiños, no usaban barba ni bigote y solían depilarse las cejas.

 

Los yámanas eran laboriosos sólo cuando lo juzgaban necesario; en tales circunstancias podían efectuar grandes esfuerzos físicos. Sin embargo, su concepción del trabajo no era la de los europeos. No lo consideraban un fin en sí mismo ni una obligación permanente. Por lo tanto, no solían mantener el esfuerzo durante mucho tiempo y, de no estar acosados por alguna urgencia, alternaban la labor física con frecuentes y prolongados períodos de descanso.

 

De la reiteración en crónicas y fuentes etnográficas surge que los yámanas habrían sido emocionales y fácilmente excitables, pero al mismo tiempo poco efusivos en la manifestación exterior de sus afectos, muy susceptibles y suspicaces, hospitalarios y dadivosos pero fríos, y tan pronto taciturnos y reservados (sobre todo en presencia de extraños) como conversadores y propensos a la risa fácil.

 

El relieve accidentado, los suelos muchas veces saturados de agua, la cerrazón del bosque y la maraña de troncos caídos no impedían las marchas a pie de los fueguinos. Aunque preferían desplazarse en canoas, los yámanas solían caminar mucho. Lo hacían con agilidad, pero encorvados, y tenían una forma de apoyar los pies sobre el suelo que daba a su marcha un aspecto algo bamboleante. Se describió que cuando estaban de pie, daban cierta impresión de desgarbados e inestables debido a la torsión de los pies hacia adentro, a la flexión de las rodillas y a la inclinación del tórax hacia adelante. Sin embargo, en las fotografías que de ellos quedaron, ésta es la posición de la minoría. Su postura de descanso más habitual era estar en cuclillas. Todas las mujeres yámanas nadaban; los varones rara vez o nunca.

 

El borde Occidental y Meridional de Tierra del Fuego es montañoso, boscoso y lluvioso. En el interior del bosque los recursos comestibles eran muy escasos y para obtener los de otro orden (por ejemplo, leña o corteza) no era necesario adentrarse mucho. En cambio, en las costas existía la posibilidad de encontrar lobos marinos, aves, peces, mariscos y, eventualmente, hasta ballenas varadas. Salvo estas últimas, las otras especies presentaban para los cazadores y recolectores una ventaja muy importante: lo que se llama “previsibilidad de encuentro”, pues su abundancia permitía confiar en que todos los días o con mucha frecuencia se hallarían ejemplares de ellas. Pese a lo cambiante del clima y a los riesgos de la navegación, los desplazamientos en canoa eran mucho más cómodos que las caminatas y brindaban posibilidades mucho mayores de acceso a alimentos sustanciosos. Es natural, por lo tanto, que la vida de los indígenas haya sido esencialmente costera y marítima.

 

Obtenían todo su sustento a través de la caza, la pesca y la recolección. Hasta que los primeros europeos se instalaron en la región, nunca habían practicado el cultivo de vegetales. Los lobos marinos cazados por los yámanas pertenecían a dos especies: “lobos marinos de dos pelos” o “focas peleteras” (Arctocephalus australis) y “lobos marinos de un pelo” o “leones marinos” (Otaria flavescens); estos últimos tienen el doble del tamaño de los primeros. No hay datos etnográficos sobre la frecuencia de captura de una y otra especie, pero los datos arqueológicos indican para tiempos anteriores a la explotación de europeos y criollos que los Arctocephalus australis eran cazados mucho más a menudo que los otros. Sólo gracias al consumo intensivo de esos lobos marinos, ya que el rendimiento calórico de la grasa y el aceite es muy superior al de la carne o al de los alimentos vegetales; los yámanas podían contrarrestar las elevadas exigencias que el clima frío, húmedo y ventoso imponía a su metabolismo (poseyendo, como poseían, una vestimenta muy escasa). Pero no sólo calorías obtenían de los lobos marinos: sus cueros eran rígidos pero aprovechables para confeccionar capas y correas; esófagos, estómagos, intestinos y vejigas servían como bolsitas o pequeños recipientes impermeables. En el Siglo XIX las poblaciones de lobos marinos que recorrían las aguas fueguinas sufrieron tremenda reducción debido a las cacerías indiscriminadas practicadas con finalidad comercial, principalmente por estadounidenses e ingleses y en las últimas décadas del siglo por criollos.

 

Ocasionalmente los yámanas capturaban delfines, pero a los cetáceos de tamaño mayor sólo los aprovechaban cuando los encontraban varados en alguna playa, o quizá, cuando se acercaban moribundos a la costa. Esas situaciones no eran previsibles, pero parecería que en tiempos antiguos ocurrían con relativa frecuencia. En tales casos, obtenían cantidades enormes de carne y grasa que les aseguraban sustento por largo tiempo; incluso daban lugar a una de las pocas instancias de conservación de alimentos que practicaban los yámanas: depositaban pedazos de carne y grasa en turberas o en el lecho de arroyos (donde se conservaba apta para consumo al parecer durante muchos meses). Por lo tanto, la incidencia en la dieta de este recurso no debería ser menospreciada. Los nativos también aprovechaban los huesos de las ballenas (apropiados para confeccionar puntas de arpón y otros utensilios) y las barbas, que convertían en filamentos para cantidad de usos como costuras de canoas y baldes de corteza o lazos de trampas para aves.

 

Sólo en la mitad Oriental del Canal Beagle y en la Isla era posible encontrar guanacos, en el resto del país yámana no los había. Estos eran los únicos animales terrestres de consideración cazados por los yámanas, y su caza se realizaba primordialmente en invierno cuando las tropillas bajaban a la costa.

 

Los guanacos tienen carne abundante y menos dura que la de lobo marino, pero muy poca grasa. Su captura era más difícil que la de los lobos marinos desde canoas, pues los guanacos son animales muy ágiles, veloces y asustadizos, a los que costaba sorprender. En contraposición, el cuero de los guanacos es flexible y muy abrigado, algunos huesos son muy aptos para la confección de ciertos utensilios y los tendones de cuello y patas son largos y eran útiles para muchos usos.

 

Los yámanas solían cazar nutrias, pero la distribución y la densidad de estos animales no parece haber sido muy amplia en el Oeste y en el Sur. Ponían mucho empeño en apoderarse de pingüinos, cormoranes, cauquenes, patos-vapor y otras aves. También hay que recordar el consumo estacional de huevos. Aparte de su consumo como alimento, de las aves se guardaban ciertos huesos para confeccionar utensilios y adornos, las plumas para adornos y otros fines, el plumón como sucedáneo de la yesca y los buches como bolsitas para conservar aceite y embutidos.

 

La pesca no era muy variada, pero sí practicada cotidianamente. En el Canal Beagle los peces son en general chicos y no gregarios, pero las migraciones que ingresan en verano y otoño hacían que la pesca resultara remunerativa. Entre esas migraciones suelen ingresar grandes cardúmenes de sardinas perseguidas por peces mayores y otros predadores. Esto proporcionaba a los indígenas comida en abundancia.

 

La recolección de mejillones era fácil y permanente, pero los mejillones tienen cada uno poco valor nutricional. Los mariscos ofrecen otras ventajas para la subsistencia humana. Forman densas colonias fácilmente localizables, que se encuentran casi a todo lo largo de las costas. Obtenerlos no dependía del azar o de factores climáticos y, salvo en marea alta, podían ser recogidos en casi todo momento. Eran un componente de obtención segura que incrementaban lo producido por otros recursos. Eran una “válvula de seguridad” para superar momentos de crisis.

 

Salvo bayas, hongos y algunos mariscos, que eran consumidos crudos, los demás alimentos eran cocinados al fuego o apoyados sobre brasas, pero en general la cocción no era completa. No mostraban remilgos ante el consumo de carne o grasa en etapas iniciales de putrefacción.

 

Lo principal de la subsistencia yámana era obtenido de los lobos marinos; pero para capturarlos con regularidad no se podía confiar en sorprenderlos sobre la costa. Estos animales se reúnen durante un par de meses al año en colonias de apareamiento y reproducción, pero no necesariamente al alcance de las canoas aborígenes. Durante el resto del año, esos animales pasan más tiempo en el agua que en tierra y aquí son asustadizos. Por lo tanto, su caza en tierra no era suficientemente regular en el ciclo anual como para fundar sobre ellos la subsistencia. Era necesario algún método que permitiera apoderarse de ellos con frecuencia confiable y así fue que la colonización exitosa de la región por los indígenas durante más de 6.000 años residió en el uso de canoas y de arpones de punta ósea separable.

 

La obtención del alimento estaba repartida entre ambos sexos. La cacería de lobos marinos era labor masculina cuando se practicaba en tierra, pero la mayoría de las veces ocurría en el agua y entonces era tarea compartida: la mujer aproximaba a remo la canoa, mientras el varón acechaba en la proa y arrojaba el arpón contra la presa. Los hombres se encargaban también de cazar guanacos y aves y, cuando la ocasión se presentaba, arponeaban los peces de mayor tamaño. Las mujeres pescaban con línea y recolectaban toda clase de mariscos. La recolección de hongos, bayas y huevos era cumplida por uno u otro sexo según fueran las circunstancias.

 

Pese a las frecuentes tormentas, las canoas permitían el desplazamiento por los canales, haciendo factible pasar de una isla a otra y posibilitando acercarse a los lobos marinos en el mar. Aún así quedaba el tema del arma a emplear. La que utilizaron primordialmente estaba diseñada para la cacería en el agua y complementaba a la canoa. Se trataba de arpones en los que la punta se insertaba en el mango, en forma que se desprendiera de él en el momento de herir pero quedara unida por una correa flexible. De ese modo se reducía considerablemente el riesgo de rotura de la punta de hueso, y la presa, al huir, debía luchar además contra la resistencia que oponía el mango de madera contra el agua al ser arrastrado. Si el lobo marino se refugiaba entre las espesas matas de algas próximas a la costa, el mango se enredaba en ellas o, si al llenársele de agua los pulmones el animal se hundía, el mango funcionaba como boya que indicaba la localización de la presa.

 

Los yámanas contaban también con otro tipo de arpón, cuya punta de hueso estaba fijamente atada al extremo del mango y en uno de sus lados mostraba muchos dientes pequeños prolijamente recortados. Esos arpones multidentados eran usados cuando no había temor de que el peso de la presa rompiera esas puntas (para capturar pingüinos, peces de cierto tamaño, etc.) o cuando, por estar firmemente parado en tierra y no sobre una bamboleante canoa, se podía confiar en retener el arma en la mano para asestar nuevos golpes. Cuando se los usaba contra peces, era frecuente que se ataran dos o más de estas puntas de arpón a un mismo mango. En general los mangos de estos arpones eran de menor tamaño que los que se usaban para encastrar las puntas separables y cazar lobos marinos.

 

Los yámanas eran hábiles en el uso de hondas, empleadas principalmente para apoderarse de aves; conocían los arcos y flechas, con los que cazaban guanacos donde los había, pero esas armas no estaban tan bien confeccionadas como las producidas por los selk’nam. También preparaban (pero no muy asiduamente) trampas de lazo.

 

Siendo la pesca una actividad casi constante, llama la atención la precariedad de las líneas de pesca usadas por los yámanas, que no tenían anzuelo. Consistían en un cordón hecho con los resistentes tallos de los cachiyuyos o con tendones trenzados, un guijarro poco o nada trabajado que servía como plomada y un lazo hecho con rajas de canutos de plumas con el que se retenía el cebo. La pescadora, inclinada sobre la borda de su canoa, esperaba que algún pez engullera el cebo; una vez que lo tragaba atraía al pez hacia sí tirando suavemente de la línea y lo capturaba a mano antes que saliese a superficie. Para capturar peces pequeños durante los grandes cardúmenes de las migraciones, simplemente usaban cestos a modo de redes que introducían a mano en el agua desde las canoas. En otras ocasiones los peces simplemente se recolectaban. Esto ocurría especialmente durante los varamientos de sardinas y merluzas de cola.

 

Para recolectar lapas, quitones y mejillones del fondo de aguas someras, usaban espátulas bífidas de madera; en tanto para capturar centollas y erizos de mar se servían de otras horquillas que terminaban en tres o cuatro puntas de madera. Estas puntas eran en realidad una rama hendida longitudinalmente con dos tajos transversales entre sí, que luego eran aguzadas y mantenidas separadas colocando maderitas entre ellas. A estas horquillas se las podía atar a uno o dos mangos de arpón (los más grandes rondaban los 3 m. de largo) y en días calmos y con la transparencia del mar local podían ensartar erizos o centollas a cierta profundidad. También usaban este artilugio para recoger racimos de cholgas grandes de fondos de mar con substrato poco firme.

 

Los utensilios de piedra tallada que no fueran puntas de flecha eran poco elaborados. Con huesos de distintos animales confeccionaban cuñas para partir madera, objetos para extraer la corteza de los árboles, punzones, tubos sorbedores, peines, etc. Las conchillas de algunos mejillones eran usadas como cuchillos, siendo más eficaces en esa función de lo que se podría suponer. A veces eran enmangadas, atándolas a un guijarro de playa en cuyo caso funcionaban más como un cincel que como un cuchillo. Se confeccionaban baldes y jarros de cuero o de corteza. Los canastos de junco eran inseparables de las mujeres. Había multitud de otras aplicaciones para la madera, la corteza, el cuero, el pellejo de aves y sus plumas, ciertas vísceras, los tendones, las fibras vegetales y unos pocos elementos tomados del reino mineral.

 

El uso principal de la corteza de árboles era indudablemente la confección de canoas. Las canoas eran el elemento más elaborado de la artesanía de los yámanas y su propiedad más valiosa, como que su vida dependía de poseerlas. Placas de corteza cosidas entre sí eran mantenidas abiertas con un armazón de varillas de madera hendidas al medio y retenidas en posición arqueada por travesaños y por bordas de madera longitudinales. El piso era reforzado con más placas de corteza y en el centro se confeccionaba una plataforma de tierra o guijarros, sobre la que se mantenía fuego siempre encendido. Aunque las había más grandes, en general esas canoas medían entre 3 m. y 5,5 m. de largo y podían transportar seis o siete personas. No tenían quilla ni timón. Eran de fondo plano, lentas, se bamboleaban mucho y era necesario desagotar continuamente el agua que se filtraba por las costuras, pero se mantenían bien a flote aunque el agua estuviera agitada. Podían navegar bien sobre las frondas de algas, capacidad muy importante para poder acercarse a las costas, pues éstas estaban en su mayor parte bordeadas por densas frondas de cachiyuyos. Los propios remos, de pala muy larga y mango muy corto, permitían impulsarse sobre las frondas de cachiyuyos sin enredar el remo en las mismas. Las encargadas de remar eran habitualmente las mujeres, pero cuando era necesario también lo hacían los varones. Salvo accidentes, solían durar seis meses a un año; la época habitual de confección era Octubre a Febrero, cuando la corteza podía ser desprendida de los árboles con facilidad.

 

En el ámbito ocupado por los yámanas se construían dos clases de chozas: una en forma de cúpula, hecha con ramas delgadas entrelazadas y cubiertas de follaje y cueros; la otra de forma cónica formada por troncos de mediano grosor con igual cobertura. Ambas tenían planta circular y diámetro entre 3 m. y 3,5 m. En el centro ardía siempre un fogón, junto al cual se apretujaban en cuclillas los ocupantes en búsqueda de calor.

 

El espacio para cada individuo era mínimo. El uso de estas chozas no deber ser comparado con el de casas, sino más bien con el de tiendas de campaña. Servían para repararse de la inclemencia climática o para pasar la noche, pero la vida diaria se desarrollaba a cielo abierto. Pese a su apariencia endeble, la estructura de esas chozas podía durar varios años con sólo reparaciones menores. En general, no se las destruía (salvo que alguien hubiera muerto en ellas) sino que quedaban a disposición de la familia que las había construido o de terceros para ser reocupadas a placer. En cada choza acostumbraban vivir una o dos familias, pero a veces dormían en ella veinte o más personas. Había además, aunque raras, viviendas multifamiliares algo más grandes y chozas de dimensiones mucho mayores que se levantaban sólo en ocasión de ceremonias colectivas. Alrededor de las chozas se formaban los montones de desperdicios que dieron lugar a los conchales, hoy estudiados por los arqueólogos.

 

Ambos sexos gustaban adornarse con pinturas, collares, muñequeras y tobilleras. Las pinturas podían cubrir el rostro, el cuerpo y a veces también los miembros. Los colores que se usaban eran el rojo, el blanco y el negro, formando diseños simples basados en rayas y puntos pero muy variados. La pintura facial y corporal formaba parte de muchos rituales y normas de cortesía. Además se utilizaba para comunicar estados de ánimo o las circunstancias en las que se hallaba su portador. Los collares podían estar confeccionados con conchillas o segmentos de huesos huecos de ave usados a manera de cuentas, o simplemente consistir en tendones o tripas trenzados. En ocasiones especiales se usaban vinchas adornadas con plumas de aves, existiendo en las colecciones etnográficas algunos notables ejemplares de éstas.

 

Prendían fuego golpeando un trozo de pirita de hierro con otro de alguna roca silícea y recogiendo las chispas en plumón de aves, hongos secos o musgo para obtener la primera brasita. Prender el fuego no era fácil y procuraban por todos los medios que el fuego no se apagara: lo conservaban en forma de brasas o tizones, e incluso lo transportaban consigo adondequiera que fueran, sea en canoa o a pie. La leña era llevada por los varones al campamento. Además de servir como calefacción, el fuego era utilizado para cocinar los alimentos, para algunas actividades tecnológicas y para hacer señales de humo a distancia.

 

Las familias yámanas podían estar formadas por padre, madre e hijos, o agregarse algunos parientes. El parentesco era reconocido entre consanguíneos, tanto por vía paterna como materna. Algunas mujeres llegaban a tener muchos hijos, pero el promedio era cuatro o cinco; de ellos, muy pocos llegaban a la vida adulta debido a la muy alta mortalidad infantil. Los nacimientos no daban lugar a ceremonias, sino sólo al cumplimiento de ciertas prescripciones rituales. La madre retomaba muy pronto sus tareas habituales. No se daba nombre a los niños hasta casi los dos años de vida y por lo general, era el del lugar del nacimiento con el agregado de un sufijo especial para cada sexo. Sin embargo, también había nombres recibidos por herencia y apodos que aludían a alguna particularidad física o del carácter.

 

La primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunas ceremonias y comportamientos rituales. Más importante era el chiejaus, al que asistían los adolescentes de ambos sexos como paso necesario para adquirir el status de adultos. No era una celebración estrictamente periódica, en realidad, se efectuaba cuando en un grupo de familias se alcanzaba cantidad suficiente de candidatos y si se cumplían con las condiciones materiales suficientes para sustentar a los numerosos participantes durante las semanas o meses que duraba la ceremonia. Decidida la realización, se construía una gran choza en la que se instalaban los adolescentes, sus padres, madres y padrinos, y todos los adultos que desearan participar. De entre ellos se elegían los oficiantes de la ceremonia. Los aspirantes eran sometidos a ayuno, inmovilidad, sueño insuficiente y trabajos duros. Eran además adiestrados en las tareas propias de cada sexo y se les inculcaban normas de comportamiento tanto pragmáticas como altruistas. Estas últimas tenían elevado valor moral, aunque en la práctica posterior solían ser poco respetadas. El chiejaus incluía además narraciones de mitos y tradiciones, así como momentos de esparcimiento (cantos, danzas y juegos colectivos). Una vez cumplida la celebración por parte de los aspirantes, las mujeres quedaban en condiciones de contraer matrimonio, pero los varones debían asistir a un segundo chiejaus antes de ser reconocidos plenamente como adultos.

 

Los adolescentes vivían con sus padres hasta contraer matrimonio. Hasta ese momento existía para varones y mujeres libertad sexual y no se otorgaba valor a la virginidad femenina, pero luego de casarse las mujeres debían fidelidad a sus maridos. De todos modos, los yámanas solían casarse jóvenes. Era frecuente que los contrayentes tuvieran edades muy dispares: mujeres mayores con varones muy jóvenes y viceversa. La razón que aducían era que el más joven de ellos se beneficiara con la experiencia y responsabilidad del otro, y éste con la diligencia y actividad del primero. Los primos no podían casarse entre sí y esta prohibición parece que también se aplicaba a parientes más lejanos pero consanguíneos. Las mujeres se resistían a unirse con personas cuya localidad de residencia fuera lejana. La concertación del matrimonio no era acompañada por ceremonias especiales; cuanto más, se convocaba a una fiesta que incluía banquete, juegos y danzas.

 

Entre los yámanas el matrimonio era muy inestable: se deshacía con gran facilidad si el marido maltrataba a la mujer, si surgían aversiones o antipatías entre ellos, si se producían adulterios o simplemente si alguna de las partes deseaba poner fin a la relación. Las mujeres tenían bienes propios, de los que sus esposos no podían disponer. También podían emitir opinión en los debates comunitarios. Es probable que este alto grado de independencia (muy diferente al de las mujeres selk’nam) haya estado relacionado con el importante papel económico que las mujeres cumplían en la sociedad yámana.

 

La poligamia era frecuente pero no general. Había varones casados hasta con cuatro mujeres. Todas éstas tenían el status de esposas, no de concubinas. A menudo era la mujer la que solicitaba al marido que tomara una segunda esposa para que la ayudara en los quehaceres domésticos. No era infrecuente que dos esposas de un único marido fuesen hermanas entre sí, sea por solicitud de la primera esposa, sea porque cuando un varón moría, la viuda podía pasar al núcleo familiar de su cuñado.

 

Las personas de edad eran habitualmente tratadas con respeto. Los enfermos eran cuidados, pero si no ofrecían esperanzas de recuperación o si entraban en agonía se les daba muerte para evitarles sufrimientos. El duelo se manifestaba con estentóreas lamentaciones y cantos lúgubres; los deudos se laceraban el rostro y el cuerpo, se tonsuraban el pelo y se pintaban de una manera especial. El cadáver era amortajado con cueros y atado con correas; luego se lo enterraba o se lo cremaba. No había herencia: las pertenencias del difunto eran destruidas o repartidas entre los asistentes a la ceremonia fúnebre. El lugar donde había ocurrido la muerte era abandonado y durante largo tiempo no se retornaba a él; el nombre del difunto no debía ser pronunciado, al menos en presencia de los parientes, y si existían personas o lugares que tuvieran el mismo nombre debían recibir uno nuevo.

 

El núcleo de la sociedad yámana era la familia: no había organización superior que las coordinara o que tuviera poder de coacción sobre ellas. Entre las familias que recorrían un mismo sector de costa se reconocía un vínculo muy laxo, pero no había clanes ni tribus. No había gobierno, ni jefes ni estratificación social. Los adultos no aceptaban recibir órdenes de nadie.

 

Los yekamushes gozaban de cierto prestigio e influencia, pero no poseían autoridad efectiva. Eran curanderos, hechiceros y oficiaban de chamanes (es decir, intermediarios con lo que nosotros -no los yámanas- llamamos mundo sobrenatural). Llegar a ser yekamush era bastante accesible para los varones y de hecho casi todos los adultos de este sexo lo eran o decían que lo eran.

 

La moral de los yámanas era utilitaria: se abstenían de determinados comportamientos negativos sólo por temor a las represalias, no porque la abstención fuera buena o recomendable por sí misma. Cuando ese temor no existía, mentían y hurtaban a placer y sin ningún remordimiento. Las habladurías maliciosas eran constantes, no necesariamente se basaban en realidades y podían llegar a generar acciones violentas.

 

Muchas veces se dijo que los yámanas practicaban comunidad de bienes. Sin embargo, hay muchas pruebas de propiedad individual o familiar sobre bienes concretos: canoas, armas, líneas de pesca, perros, adornos, etc. La propia destrucción de los bienes de un muerto implica un concepto de pertenencia. La propiedad individual se extendía a los elementos naturales cuando alguien se apropiaba de ellos. Habiendo propiedad, había hurto y robo. Aquella primera apreciación de comunidad de bienes en realidad se basó en malinterpretar el aprecio que los yámanas tenían por las actitudes generosas y la reciprocidad a que se obligaba quien aceptaba un bien o dádiva. Los productos de la caza, la pesca o la recolección solían ser compartidos entre las personas, emparentadas o no, que circunstancialmente estuvieran acampadas en proximidad. Se esperaba reciprocidad y existían los trueques, pero no había sistema organizado de comercio ni se conoce de intercambios a gran distancia. Los pocos casos concretos que pueden ser catalogados como auténtico comercio son tardíos.

 

Las riñas eran muy frecuentes y originadas en causas reales o imaginarias. Muy comunes, y permitidas, eran también las venganzas de sangre, en las que los parientes de una persona que hubiera sido muerta por otra tomaban desquite con el homicida. Sin embargo, a veces concluían en un combate ritual o en una compensación económica.

 

No había guerras ni conflictos territoriales mayores, pero los yámanas se quejaban de padecer correrías de sus vecinos del Este y el Oeste con fines de rapiña. Sin embargo, como ya se dijo, en la zonas de contacto había algunos matrimonios mixtos y cierta convivencia entre grupos.

 

Los yámanas respetaban cierta cantidad de prescripciones rituales en algún momento especial de sus vidas, pero no tenían culto ni sacerdotes. Los observadores del Siglo XIX estuvieron de acuerdo en que los yámanas no tenían nociones de Dios, alma o cielo, ni creencia en recompensas o castigos post-mortem. Por el opuesto, los Padres Gusinde y Koppers afirmaron que creían en un dios único, omnipresente y omnipotente. El debate no está cerrado y ambas posiciones pueden recibir críticas. Sí hay consenso en que temían a los kíshpix, espíritus del mar, de las rocas, de los árboles, etc. Se los imaginaba malévolos y de aspecto horripilante. Creían que en los bosques habitaban los hanush, que podían ser espíritus u hombres salvajes. Los Yoalox (dos hermanos y una hermana) eran una suerte de héroes civilizadores, seres sobrehumanos (pero no deidades) que habían enseñado a los antepasados de los yámanas cantidad de cosas útiles (cómo encender fuego, cómo cazar aves, cómo confeccionar arpones, etc.).

 

De los yámanas quedan hoy unas pocas personas que se autorreconocen como tales, radicadas en Puerto Williams (Isla Navarino, Chile). Algunas de ellas mantienen ciertos conocimientos de cómo era la vida tradicional y, lo más importante, capacidad de hablar el yamaníhasha. Es prometedor que estén agrupados y lleven a cabo un interesante esfuerzo de transmitir su lengua y recuerdos a sus descendientes. Sin embargo, el estilo de vida tradicional ya casi no se practicaba a comienzos del Siglo XX. En su tercera década el número de yámanas ya estaba tremendamente reducido; los sobrevivientes llevaban vida rural, en general como empleados en establecimientos agroganaderos.

 

Ernesto Luis Piana

Luis Abel Orquera

Centro Austral de Investigaciones Científicas - CONICET

Asociación de Investigaciones Antropológicas - CONICET

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Los Haush y Onas o Selk’nam,

Los Haush

Fue el primer pueblo en desaparecer totalmente de la Tierra del Fuego, ya que en 1910, según Antonio Coiazza, solamente quedaba una tribu “… habitaba entre Bahía Thetis y Bahía Fatley, y ahora se ha reducido a una sola familia compuesta del padre y de dos hijas, y a una mujer de unos treinta y nueve años.”; y según Lucas Bridges, contándolo en 1899 : “Yo me pasaba todo el tiempo con Yoiyimmi y Saklhbarra a fin de aprender su idioma. Si hubiese sabido en aquella época que el aush era hablado sólo por sesenta indígenas en toda la Tierra del Fuego, no me hubiera tomado un semejante trabajo.”

 

Vivían en la parte Este de la Isla Grande de Tierra del Fuego, entre la Bahía Buen Suceso y el Cabo San Pablo. Aunque son considerados, por algunos, como parecidos a los selk’nam, también se supone que los haush llegaron antes a Tierra del Fuego, y que fueron rechazados hacia el Sureste. Tienen costumbres y mitos que presentan diferencias con la tradición selk’nam y un idioma notablemente distinto. Otra diferencia con los selk’nam, el otro pueblo fueguino “de tierra adentro”, es que su economía de alimentación y de vestimenta no depende principalmente del guanaco, sino de la foca.

 

Muchos datos precisos fueron conocidos gracias a Lucas Bridges por su libro “El último confín de la tierra” (1899) : “Durante los primeros años que pasamos en Harberton, fuimos visitados varias veces por un pequeño grupo de aush [...] Estos aush temían a los onas, sus vecinos del Norte y Oeste, más aún que a los Yaganes, y con fundado motivo. Durante varias generaciones habían sido obligados a evacuar una tierra buena, huir hacia el extremo Sudeste del territorio y reducirse a vivir en medio de la selva y la ciénaga.” Y sobre su origen : “Estoy convencido de que los onas y los aush provenían de los tehuelches del Sur de Patagonia, pero los aush llegaron a la Tierra del Fuego mucho antes que los onas [...] Había ciertamente mucha más diferencia entre el aush y el ona que entre este último y el idioma de los tehuelches. Creo que al principio los aush ocuparon toda la región, y se tuvieron que contentar con la punta Sudeste, de clima húmedo y plagada de ciénagas y espesos matorrales. Confirma mi teoría el hecho de que en la tierra ocupada por los onas existen nombres de lugares que no tienen significado en su idioma; son en realidad palabras que sólo tienen significado en el idioma aush.”

 

Onas o Selk’nam  

El país de los selk’nam en la Isla de Tierra del Fuego se extendía desde la cordillera fueguina hacia el Norte. Allí el relieve es llano o suavemente ondulado y está cruzado por abundantes cursos de agua. A medida que se avanza hacia el Norte se cruza primero una pradera con árboles espaciados, luego un ámbito estepario de pastizales. Ambos paisajes son fácilmente transitables y constituían el hábitat natural de gran cantidad de guanacos.

 

No solamente la alimentación, sino toda la forma de vida de los selk’nam estaba organizada en torno a las cacerías de estos animales. De ellos obtenían lo principal del sustento, la vestimenta y el reparo habitacional, como así también huesos, tendones y otros elementos de valor para su tecnología. En contraposición a sus vecinos del Sur y del Oeste, que eran canoeros nómades del mar cuya vida dependía en lo fundamental de los recursos marinos, es importante señalar que los selk’nam no se habían adaptado a la vida marítima. No navegaban y, según la imagen etnográfica, el aprovechamiento de los recursos marinos era complementario del de los terrestres.

 

Estos habitantes de la porción Norte de Tierra del Fuego, entre el Estrecho de Magallanes y las estribaciones septentrionales de la cordillera fueguina, se llamaban a sí mismos selk’nam. En el extremo Sud-Oriental de la Isla, los pobladores de la actual Península Mitre se autodenominaban haush. Unos y otros fueron conocidos por onas, denominación con que los designaron los yámanas, sus vecinos del Sur. Es correcto usar los términos primeramente indicados.

 

Dentro de los selk’nam es posible marcar una subdivisión: los parika entre el Estrecho de Magallanes y el Río Grande, y los hershka entre este río y las montañas meridionales. Había entre ellos algunas diferencias dialectales y de forma de vida, pero estos límites estaban desdibujados por otra cantidad de características comunes e interrelación.

 

Los selk’nam se caracterizaban por el riguroso autocontrol de su comportamiento y su reserva; no había efusividad en los saludos y era de mala educación exteriorizar emociones. No solían demostrar dolor, asombro, sorpresa ni agradecimiento para atenciones o por obsequios. Tampoco podían manifestar hambre: aún cuando lo tuvieran, no debían consumir el alimento hasta transcurrido un rato de obtenido y al recibir la comida se esperaba que la tomaran con indiferencia. Resistían calladamente el frío, la fatiga, el hambre y la sed. Demostrar dolor o aflicción era signo de debilidad. No obstante esta estoica contención, eran irritables y sus reacciones solían ser violentas. Salvo la no demostración de agradecimiento (que causó malentendidos varios) y la irritabilidad, el comportamiento general fue evaluado positivamente por europeos y criollos que tuvieron trato amistoso con ellos. En cuanto a la laboriosidad, no estaban habituados a trabajos constantes y prolongados.

 

El lenguaje de los selk’nam era áspero, con muchos sonidos oclusivos y guturales; en este sentido era similar al de los tehuelches de Patagonia continental. Para oídos no acostumbrados, una conversación amistosa sonaba como un violento altercado. Desafortunadamente, los vocabularios que se registraron de esta lengua cubren sólo una parte mínima de su idioma. Aún así parece haber habido pocas palabras abstractas. Hoy no existen quienes hablen y practiquen el selk’nam como lengua madre; es una fortuna que la Dra. Anne Chapman alcanzara a efectuar grabaciones de voces y cantos que pueden permitir una mejor apreciación de esa lengua.

 

Nadie, salvo niños, ancianos y enfermos, estaba exento de las labores de subsistencia; por el contrario, la participación en tareas colectivas o interfamiliares era voluntaria. Los varones se encargaban de la caza, la pesca en ríos con redes pequeñas, la confección de armas y la atención de los perros; las mujeres, de recolectar huevos, mariscos y vegetales, de conseguir peces (con arpones pequeños) cuando quedaban entrampados en las restingas liberadas por las amplias mareas atlánticas, y de cocinar. Lo obtenido era compartido con familiares y vecinos. No se conservaban alimentos, salvo pequeñas cantidades de grasa de pinnípedo o ballena y de hongos desecados. Las provisiones eran asadas junto al fuego o colocadas sobre brasas, pero no se acostumbraba a cocerlos mucho.

 

Siendo grupos nómades, sus viviendas eran de uso temporario y poco elaboradas. Las tenían de dos clases: la más común, en especial en el Norte, era el paravientos, formado por postes de madera de aproximadamente 1,5 m. de altura rematados en horquetas y por cantidad de cueros de guanaco cosidos entre sí que se colgaban de esos extremos y se sujetaban contra el piso con piedras o arena. El resultado era una pared que cubría dos tercios o tres cuartas partes de un óvalo. Podía ocurrir que otros cueros fueran colocados a manera de techo precario. Estas construcciones servían más para proteger el fuego de las ráfagas de viento que a los seres humanos de la intemperie. Cuando se debía reanudar camino, el paravientos era desarmado y reducido a paquetes en forma de cigarro, que eran transportados por las mujeres en su espalda.

 

La otra clase de viviendas era común hacia el Sur del territorio selk’nam, donde la proximidad a los bosques permitía una mayor disponibilidad de madera. Allí se levantaban chozas cónicas de troncos, con planta circular de 3 m. a 4,5 m. de diámetro. Como entrada se dejaba una abertura que era cubierta con un cuero a modo de cortina. Aunque de construcción rápida, estas viviendas no eran transportables, ni eran destruidas una vez terminado su uso. Quedaban erguidas a la espera de una posterior reocupación.

 

Para levantar estas moradas se prefería buscar el reparo al viento y la leña que pudieran proporcionar arbustos o árboles, pero además se quería tener capacidad de oteo de la caza. Esa combinación hacía que frecuentemente las viviendas fuesen instaladas en los lindes de bosques.

 

Salvo en el caso de estar desarrollándose un “hain”, nunca se levantaban chozas cerca una de otra, con el fin de conservar la independencia de sus ocupantes.

 

En el interior de los paravientos y de las chozas cónicas se encendía fuego. Este era prendido por percusión de pirita contra una roca silícea; como yesca se utilizaban musgos u hongos secos de una clase que crece en el suelo. El consumo de leña era alto y todos (varones, mujeres y niños) ayudaban en juntarla y transportarla hasta el campamento.

 

La base de la alimentación de los selk’nam era la carne del guanaco, la que es de buena calidad pero tiene poca grasa. En cambio, los huesos de sus extremidades contienen abundante médula de buen valor alimenticio. Se ha calculado que un animal grande permitía alimentar una familia de seis personas durante cuatro o cinco días. A estos grandes mamíferos los cazaban con arcos y flechas y, por lo menos en períodos recientes, con la asistencia de perros. En casi todo el territorio ocupado se podía encontrar guanacos en tropillas o como individuos aislados. Su búsqueda y captura determinaba la dirección de los frecuentes desplazamientos humanos, pero se debe recordar que los guanacos tienen comportamiento territorial y sus desplazamientos en general no superan los 20 Km. La costumbre que tienen de transitar siempre por los mismos senderos facilitaba rastrearlos, acecharlos y capturarlos, especialmente en invierno. Los cazadores los perseguían durante todo el año, actuando tanto aisladamente como en forma colectiva.

 

Según diversas fuentes escritas, en la porción Norte de la Isla Grande los indígenas comían muchos cururos que capturaban a hondazos o hundiéndoles las cuevas. Sin embargo, este dato no tiene correlato arqueológico; siendo esos roedores de tamaño pequeño, el valor alimenticio individual era necesariamente poco. Los zorros no eran comidos, sino cazados para obtener sus pieles. Aprovechaban como alimento las aves de tierra adentro y las muchas aves costeras: primordialmente cormoranes, pingüinos y cauquenes. A todas las capturaban a hondazos, o con trampas de lazo; en el caso de los cormoranes, para cazarlos, se descolgaban por los acantilados con ayuda de correas. Aparentemente comían poco pescado, al que obtenían en los charcos costeros donde los peces quedaban retenidos al bajar la marea, o con redes en la desembocadura de los ríos que drenan al Atlántico.

 

Los selk’nam además recolectaban mejillones, lapas y otros mariscos. Sin embargo, aunque su aporte haya podido ser puntualmente importante, todo indica que en el total de la vida era sólo complementario o secundario. Aprovechaban las oportunidades brindadas por los varamientos de ballenas en las playas; si bien éstos eran sucesos azarosos, les permitían obtener grandes cantidades de carne, grasa y huesos. Según el registro etnográfico, los productos alimenticios de origen vegetal no habrían incidido fuertemente en la dieta.

 

Los selk’nam se destacaban en la confección y empleo de arcos y flechas. La confección de los primeros era muy cuidadosa; si bien todo varón adulto sabía como hacerlos, había quienes eran más hábiles que otros en la confección de los arcos. Además, no en todas partes del país selk’nam se encontraba madera apta a tal fin. Esto hacía que hubiese un cierto intercambio, sea con arcos terminados, sea de madera empezada a trabajar. Las cuerdas estaban hechas de largos tendones retorcidos extraídos de las patas de los guanacos. Había flechas para caza terrestre y para aves marinas. Aparentemente, según fuera su destino se recurría para confeccionar sus astiles (mangos) a la madera de arbustos distintos. Las puntas de flecha eran preparadas con variedad de rocas; en los períodos más recientes el vidrio ganó fuerte popularidad para este fin. Obviamente las puntas de las flechas eran distintas según el tipo de presa que se intentaba cazar: por ejemplo, para aves se daba prioridad al impacto por sobre la penetración y las flechas no eran armadas con puntas sino con una varillitas transversales al astil.

 

Los cazadores portaban siempre varias flechas de reserva en aljabas hechas con el duro cuero de los lobos marinos que se llevaban bajo el brazo. La postura habitual para el disparo era sostener el arco en diagonal con un brazo algo flexionado mientras el otro estiraba la cuerda. El culote de la flecha era sostenido entre índice y pulgar y con él se tensaba la cuerda. En el momento de soltarlo, el brazo que sostenía el arco era enderezado, lo que contribuía a aumentar la propulsión. La forma de los astiles y el modo de emplomadura indican que las flechas debían ser muy veloces y tener alta capacidad de penetración. El que las puntas hayan sido en general pequeñas implica que se prefirió mantener la capacidad de penetración por sobre la de choque. Esto significa que eran armas eficaces aún a distancia, pero la información etnográfica indica que se trataba de tirar a los guanacos desde corta distancia para asegurar la potencia y el lugar del impacto y así disminuir las posibilidades de huida del animal herido.

 

Sus utensilios de piedra eran fundamentalmente fragmentos cortantes, raspadores enmangados y algunos punzones de piedra tallada. Los astiles de flechas eran terminados con ayuda de alisadores de arenisca y piedra pómez. Con cuero de guanaco se confeccionaban bolsos que permitían el transporte de agua por cortas distancias. Con pedazos de tripa o vejigas se hacían bolsitas impermeables. De los cueros de guanacos y pinnípedos obtenían correas. Los canastos de junco eran comunes.

 

Para obtener ciertas materias primas (como piedras, pedernales, madera para arcos, etc.) solía ser necesario el trueque (a veces a distancia), que cumplía además funciones sociales.

 

La madera apta para arcos solía circular de Sur a Norte, los cueros de pinnípedos u objetos recogidos en las playas lo hacían desde la costa hacia el interior. Desde Cabo San Pablo se distribuía una roca apta para tallar puntas de flecha, si bien en cada caso esos bienes podían ser reemplazados localmente por otros con una leve mengua de calidad.

 

El abrigo tradicional de los selk’nam era el manto largo de flexibles cueros de guanaco, aunque a veces también se lo confeccionaba con cueros de zorros o cururos. No era efectivo contra el frío pero protegía bien contra el viento. El manto de los varones era largo: cubría desde los hombros hasta los tobillos y se lo mantenía en su lugar reteniéndolo cruzado sobre el pecho con una mano. El manto de las mujeres era más corto: llegaba hasta las rodillas y estaba sostenido por correas que rodeaban el tórax. Por debajo llevaban una prenda interior a modo de enagua y un cubresexo triangular. Cuando los varones debían usar el arco, o si el manto se humedecía, dejaban caer éste sin vacilación y quedaban desnudos. También las mujeres se desprendían a veces de su manto, pero nunca de la prenda interior ni del cubresexo.

 

Como protección contra el frío, además, ambos sexos se frotaban el cuerpo con grasa de guanaco mezclada con ocre. Los selk’nam usaban mocasines de cuero rellenos de pasto y, a veces, polainas. Estos mocasines tenían corta duración y hacerlos era una tarea, si no cotidiana, muy frecuente. Los varones se colocaban sobre la frente, como distintivo de su condición de adultos y cazadores, unas tiaras triangulares hechas con el cuero gris de la frente de los guanacos que, sostenidas con dos cuerdas de tendones trenzados, se anudaban a la nuca.

 

El cabello era llevado largo y colgante a ambos lados del rostro; a veces lo ordenaban con un peine de barba de ballena y las mujeres lo cortaban sobre la frente en forma de flequillo. Los varones no usaban barba ni bigote y se depilaban las cejas y el poco vello corporal que tenían. A veces se lavaban en arroyos o lagunas, o se frotaban con pasto o musgo húmedos, pero el aseo no solía ser ni diario ni sistemático.

 

Los selk’nam solían pintarse con pigmentos negro, blanco y rojo con motivos y diseños sencillos pero variados, que podían tener significados relacionados con las situaciones que se estaban viviendo o los estados de ánimo. También usaban collares de tendones o con cuentas de segmentos de huesos huecos de aves, así como muñequeras y tobilleras de cuero, de tendones trenzados o de juncos. Se practicaban algunos tatuajes sencillos.

 

La familia selk’nam podía estar formada por padre, madre, hijos y ocasionalmente otros parientes. El parentesco era consanguíneo y reconocido tanto por línea paterna como materna; había términos diferentes para designar a los tíos de uno y otro lado y distinciones por edad entre los hermanos. No obstante la bilateralidad, en el matrimonio la mujer se incorporaba a la familia del marido. El lugar de residencia era siempre el de la familia del esposo y los hijos se integraban al linaje paterno.

 

No había normas fijas en cuanto al momento de imponer nombre. Éste solía aludir a particularidades personales o ser completamente arbitrario. Los niños solían ser tratados con indulgencia. A partir de los cuatro años comenzaban tratamientos algo diferentes según fuera su sexo. Las niñas comenzaban con las tareas propias de su sexo a edades más tempranas que los varones los del suyo.

 

La primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunos días de ayuno, silencio, pinturas y consejos. Para contraer matrimonio, los varones debían pasar por la ceremonia del hain, lo que habría ocurrido hacia los 17-20 años.

 

La consanguinidad era considerada impedimento para el matrimonio, por lo cual la esposa solía ser elegida fuera del círculo de parientes de trato cotidiano y a menudo en linajes lejanamente residentes. Tanto podía ocurrir que el matrimonio fuera arreglado por los padres sin consultar a la interesada, como que el aspirante enviara a la muchacha un arco de pequeño tamaño; ella podía no aceptar pero, si se pintaba de cierta manera y retribuía el arco con un brazalete, se daba por hecho el compromiso. A partir de allí no había otras ceremonias que cumplir. El marido simplemente llevaba consigo a su flamante esposa, o a lo sumo se celebraba un banquete acompañado por la construcción de la nueva choza.

 

La relación del marido con su mujer era muy celosa. La esposa no era una esclava, pero tenía posición netamente subordinada en lo económico y lo social. Si el cónyuge la maltrataba y la mujer huía, podía ser obligada a volver, usando incluso violencias físicas. La poligamia estaba permitida, aunque no era costumbre dominante; lo más común era no tener más de dos mujeres. Muchas veces surgía porque la esposa pedía tener ayuda en sus tareas domésticas, siendo en tal caso frecuente que se convocara a su hermana menor; otras veces nacía de la obligación social de proteger a la mujer del hermano si quedaba viuda.

 

Era habitual que las personas de edad fueran respetadas; a veces quedaban solitarios por la dificultad de desplazarse y seguir al grupo, pero en tal caso recibían ayuda. Las enfermedades eran atribuidas a brujerías, no se las consideraba naturales. Cuando alguien moría, sus deudos gemían, lloraban, se rasguñaban torso y miembros, se tonsuraban y se pintaban el rostro; sin embargo, las descripciones no sugieren que las manifestaciones de dolor hayan sido tan aparatosas como entre los yámanas. El cadáver era envuelto en su manto y atado a palos rectos; luego era inhumado en campo abierto o al pie de rocas. Al cadáver no se lo acompañaba con ajuar funerario alguno y se borraban las señales exteriores que delataran el lugar de la sepultura. Luego del entierro, los bienes del difunto eran destruidos -incluida la choza- pero no se mataban los perros. No está clara la razón de esta selección, pero tampoco está claro si existía propiedad personal sobre los perros. El nombre del muerto no debía ser pronunciado y se evitaba pasar por el lugar de la sepultura hasta que se hubiera perdido memoria de su existencia. Había asimismo reuniones de lamentación.

 

Las familias vivían en forma independiente, aunque solían reunirse en ocasión de varamientos de ballenas, cacerías colectivas, celebración de un hain, competencias deportivas o fallecimiento de alguna persona renombrada. Había también reuniones no periódicas de intercambio de bienes y sociabilidad. Por lo tanto, no eran infrecuentes las agrupaciones plurifamiliares.

 

Por encima de las familias, los selk’nam y los haush pertenecían a linajes patrilineales y patrilocales que compartían comunitariamente la posesión de un territorio específico. Los límites estaban fijados en piedras, montículos, cursos de agua, colinas, etc.; se suponía que debían ser respetados generación tras generación, pero podían sufrir modificaciones por conquista o por extinción de algún linaje. A través de esos territorios o “haruwen” los linajes se vinculaban con determinados personajes míticos que los habían recibido en el origen de los tiempos, pero no se consideraba que descendieran de ellos. Es incorrecto llamar “bandas” o “clanes” a esos linajes.

 

Los linajes no tenían jefatura definida. Las familias integrantes de cada linaje se movían y actuaban en forma independiente, pero tenían derecho compartido a la totalidad de bienes y animales de caza existentes en el respectivo territorio. Ingresar a un territorio ajeno sin contar con previo permiso no era permitido; intentarlo sin ese requisito podía dar lugar a sangrienta represión. Inclusive la penetración de un perro perteneciente a otro linaje podía dar lugar a represalias, debido a la posibilidad de que espantara la caza. Si en el territorio propio la subsistencia se había hecho difícil, se podía solicitar autorización para pasar a otro, pero ello obligaba a retribución con obsequios inmediatos y promesas de futura reciprocidad. Como el matrimonio era exógamo, la esposa solía provenir de otro linaje y esto generaba relaciones de parentesco que amortiguaban los conflictos. Sin embargo, la hostilidad era muy frecuente.

 

Homicidios, violaciones de límites, agravios al honor, rapto de mujeres y simples intrigas eran causas habituales de mortíferas riñas colectivas.

 

Los xo’on eran una mezcla de hechiceros, chamanes y curanderos. Se les atribuía poder sobre el clima, la caza y la guerra, restablecían la salud afectada por brujerías ajenas y hacían presagios. Eran temidos porque creían que podían matar con sus poderes. Se preparaban para actuar mediante una especie de autohipnosis. Efectuaban cantos y manipulaciones y se suponía que se servían de diversas fuerzas inmateriales.

 

Los selk’nam creían en la existencia de espíritus de los bosques, las montañas, los lagos, los animales y los hechiceros ya muertos. Aceptaban que los seres humanos tenían un ánima (que llamaban kashpi) y que había una vida post-mortem detrás de las estrellas, pero los muertos no tenían ulterior contacto con los vivos a menos que se tratara del espíritu de algún xo’on.

 

Contaban con cantidad de mitos, asociados a cada uno de los cuatro cielos en que dividían el espacio. Había mitos tanto explicativos del mundo y sus particularidades como seudohistóricos, recreativos, etc. En esos mitos los personajes principales eran: Kenosh, Kuanyip, el Sol y la Luna. El primero era el más antiguo de todos los antepasados y se había encargado de organizar el mundo en que vivían los selk’nam, de modo que estos pudieran aprovecharlo. Kuanyip era un héroe dual que podía ser tanto benefactor como antipático y egoísta. El ser más peligroso y maligno, capaz de cometer verdaderas atrocidades era la Luna, a la que consideraban femenina.

 

El hain era la ceremonia más importante de los selk’nam. Durante su desarrollo se cumplían roles tanto de capacitación (pues era el momento en que se trasmitía el conocimiento de mitos fundacionales de gran riqueza simbólica a los candidatos) como de evaluación (pues se los examinaba en lo referente a las capacidades desarrolladas para enfrentar las tareas propias de la vida adulta). Como parte del examen para ser reconocidos como adultos y cazadores, los candidatos debían soportar exigencias que demostraran dominio sobre sí mismos. Cacerías solitarias, limitación de los movimientos permitidos, de la expresión, del sueño, alimentación escasa eran las más frecuentes. Se les exhortaba a corregir su carácter. Pero lo más importante era la iniciación e ingreso de los varones a una cofradía masculina encargada de mantener la sumisión de las mujeres, sobre lo que se basaba la estructura social selk’nam. Se les narraba el mito fundacional: antiguamente la superioridad social estaba en manos de las mujeres, capitaneadas por la Luna, que disfrazándose de espíritus hacían creer a los varones que éstos las respaldaban. El Sol descubrió el engaño, los varones dieron muerte a todas las mujeres adultas y decidieron aplicar en provecho propio la simulación. La Luna, escapó de la masacre huyendo al cielo, donde sigue siendo perseguida por el Sol. La iniciación de los adolescentes incluía la revelación de que los espíritus no eran sino hombres disfrazados. Los varones cuidaban de no ser descubiertos: con máscaras de cuero de guanaco o de corteza y con otros elementos lograban desfigurar bastante exitosamente la condición humana de los actores y atemorizaban a las mujeres con apariciones de espíritus, cuyas personalidades y figuraciones eran muy definidas. Se suponía que algunos provenían de las profundidades de la tierra y otros del cielo.

 

La ceremonia se realizaba en una choza especial de gran tamaño, también llamada hain, pero incluía diversas actividades exteriores. El acceso a esa choza estaba absolutamente vedado a las mujeres, incluso su acercamiento excesivo podía ser reprimido con violencia física. Que un varón revelara a las mujeres lo que ocurría en su interior podía ser castigado con la muerte, tanto del infractor como de la mujer que hubiese tenido acceso a tal secreto. Al parecer, las mujeres espectadoras creían en la real presencia de los espíritus; según Lucas Bridges, se enteraron de la simulación sólo cuando la desintegración étnica estaba ya muy avanzada.

 

Había también danzas destinadas al esparcimiento de ambos sexos.

 

Al terminar la ceremonia, se entregaba a los adolescentes la tiara de cuero de guanaco y se los consideraba adultos.

 

Hoy la cultura y el estilo de vida tradicionales selk’nam han desaparecido. No hay quien tenga el selk’nam como lengua madre. Esta desaparición es una triste historia plagada de asesinatos, secuestros, desarraigos, etc.

 

Alacalufes o Halakwoolip  

Diversas han sido las denominaciones que ha tenido esta etnia, debido a la amplitud del territorio en que se desarrolló su existencia y a la dificultad de obtener datos de esta naturaleza por navegantes y viajeros de otras épocas, así como también por la influencia que ejerció lo que anotaron algunos investigadores sobre el particular.

 

Otro factor que debemos señalar se relaciona con la falta de entrenamiento auditivo de quienes recogían los testimonios lingüísticos; de allí la variedad de grafías que se encuentran en todos los escritos. Fitz-Roy fue el primero que designó a un grupo de indígenas que habitaban hacia el Oeste del Canal Beagle y el Estrecho de Magallanes con el nombre de Alikhoolip, indicando, además, la existencia de otros dos grupos. Sitúa al primero en la parte central del Estrecho de Magallanes, denominándolos Pecheray, debido a que estos indígenas lo recibieron con esta exclamación. El otro grupo que menciona lo ubica cerca de las aguas de Otway y Skyring, cuyo nombre no pudo averiguar, designándolos como Huemules. Se han encontrado yacimientos arqueológicos que muestran que llegaron en esos rumbos 6.000 años a.C.

 

Su estatura media era de 1,66 m. (indios pescadores de mediano cuerpo y mal proporcionados, según Juan de Ladrillo, 1557), y muchos relatos hablan de ellos como gente taciturna y triste. Vivían gran parte del día en sus canoas, y al anochecer acampaban en una choza en las playas. La posesión de la canoa de corteza confiere al individuo su independencia absoluta, mucho más que la construcción de una choza personal. Usaban el arpón, pero también la boleadora de una, dos o tres piedras. El arco, si lo sabían fabricar, casi no lo usaban.

 

La edad para el matrimonio se sitúa entre los 15 a 16 años para los varones y 13 o 14 años para las niñas, es decir, para los unos y los otros, un año después de la pubertad. Esta comienza en los muchachos hacia los 14 años, tal vez un poco antes; es en esta edad que dejan de andar desnudos. Entre las niñas, la pubertad tiene lugar hacia los 12 o 13 años. Los alacalufes practican la monogamia. El casamiento pasa a ser un acontecimiento que debe ser comunicado a todos, no sólo a parientes y conocidos más cercanos, sino también públicamente.

 

Es difícil asegurar el número de miembros de un grupo o de una familia, así como también saber si los grupos que se conocieron, de 60 a 80 miembros estaban emparentados entre sí, y así constituían una única comunidad. Entre 8 y 10 individuos, aproximadamente, vivían juntos en una choza, y aunque se juntaran muchos al mismo tiempo y en el mismo lugar, cada familia se componía solamente del número de personas señalado arriba, y cada una en especial se preocupaba por su subsistencia y calefacción, la educación de los niños, la construcción y conservación de su choza y de su canoa. Todo el amor y cuidado que brindan los padres a sus hijos despierta a su vez un sincero y franco amor de su parte. Los niños desarrollan un gran amor por el juego, a menudo apasionado, lo cual es comprensible. La mayoría de las horas del día deben permanecer sentados inmóviles en la canoa de corteza. Los niños son completamente dependientes de sus padres, especialmente cuando aún son pequeños. Todo niño desde su nacimiento hasta la pubertad es educado única y exclusivamente por sus padres, quienes son las únicas personas que enseñan a la criatura e influyen con su propio ejemplo para educarla en las costumbres reinantes en la etnia.

 

Como casi ningún otro pueblo primitivo, la vida social de los alacalufes está exclusivamente fundada en la familia, a la cual toda persona está subordinada. No tienen ningún vínculo superior ni un ordenamiento según la forma de organización. La familia configura una unidad completamente independiente, sin ningún tipo de unión con otras familias u organizaciones. Los hombres más ancianos y los brujos tienen una cierta influencia o autoridad indefinida sobre la gente. La única autoridad fija es aquella del hombre sobre su familia. Sólo las mujeres sabían nadar (como en el caso de los yaganes), buceaban en busca de mariscos, con un canasto en la boca. Luego nadando iban a buscar la canoa que se quedaba alejada de la playa en las algas. En la canoa, son las mujeres las que reman, los hombres se quedan de centinela con el arpón para la pesca (lo mismo sucede con la mujer yámana o la mujer selk’nam, que se llevan todos los implementos, mientras el hombre permanece disponible con el arco para una caza eventual).

 

Los alacalufes están cohesionados por un efectivo poder estatal implícito, el cual los custodia y guía. Entre ellos no existe una autoridad personal visible que una a todo el grupo étnico y lo guíe. Por lo tanto, entre ellos no se encuentra ningún cacique o jefe, ninguna persona con una primacía sobre los otros miembros de la etnia.

 

La forma religiosa de los halakwoolip registra la típica creencia en un dios supremo, igual que la similar que se encuentra en algunos pueblos primitivos. Este superior se llama Xólas. En lo que concierne a su personalidad, se lo considera como un puro espíritu, según la expresión de los indígenas, es “como un alma después de la muerte”, y tampoco antes ha poseído un cuerpo. Junto a este Xólas no existe ningún otro espíritu similar; su poder está por sobre todos los hombres, y por lo tanto, es esencialmente diferente del alma humana, la cual después de la muerte toma definitivamente una residencia junto a él. El owurkan, según Gusinde, podía ser considerado como médico, chamán o sacerdote encantador. Se ocupa tanto de las curas de males de salud y de la predicción del tiempo como de la influencia espiritual sobre la gente.

 

Emperaire ha estudiado los espíritus alacalufes: Ayayema [quien] “cuando impone su presencia maléfica en los sueños, en las enfermedades, es preciso cambiar de campamento y emigrar a otra playa”; Kawtcho, el espíritu rondador de la noche, caminando bajo tierra durante el día; Mwono, espíritu del ruido rondando por las montañas y los glaciares. Mientras Emperaire expuso que “la existencia de un ser superior bueno no tiene prácticamente lugar en la vida religiosa de los alacalufes”, algunos misioneros, como A. de Agostini, pensaban que los alacalufes creían en un ser bueno invisible llamado Alp-láyp, al cual le daban gracias cuando tenían copioso alimento, y en un ser malo, Alel-Cesislaber, un gigante que se llevaba las personas que cruzaba a su paso.

 

Creían que los buenos después de su muerte van a un bosque delicioso, a comer hasta hartarse de todo lo que les gustaba durante la vida, mientras los malos son precipitados en un pozo profundo de donde no pueden salir más.

 

Según el firme convencimiento de los alacalufes, es un ser superior el que lleva al alma individual desde la tierra hacia él, por encima de las estrellas, causando con ello la muerte, sin importar si la causa es una larga enfermedad precedente o un repentino accidente.

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