Tierra del Fuego, la cultura y los habitantes originarios

La cultura y los habitantes originarios de Tierra del Fuego

 

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Yamanas

 

 

Hemos separado el origen de la cultura fueguina en dos etapas: primeros habitantes (Yamanas y Alacalufes) y reseña cultural, a fin de hacer notar una ruptura entre la cultura anterior y posterior a 1884. Las formas culturales de los indígenas no eran aptas para su perduración en otros medios y prácticamente no han dejado rasgos en nuestros días.

 

A la llegada de los europeos a la región, la Isla Grande estaba ocupada, en la zona de las islas y canales que se extienden al sur de la costa norte de los canales Beagle y Ballenero, por nómades del mar cuya economía se basaba en el aprovechamiento intensivo de los recursos marinos. Se denominaban a sí mismos Yámana y Halakwoolip.

 

A partir de una ruptura absoluta generada entre la cultura anterior y posterior al año 1884, debemos señalar que lo reducido de la población en el territorio fueguino durante esa época, no produjo un desarrollo cultural llamativo (tratándose de un sitio que se mantuvo durante décadas en poco más de 1000 habitantes y que no superó los 30.000 habitantes exactamente un siglo después).

 

Por otro lado, cabe señalar que no se trataba de una población afincada, al menos su mayoría. Al margen de algunas familias tradicionales, el resto estaba allí solo transitoriamente por razones de trabajo. De ninguna manera, podría haberse dado la continuidad necesaria para crear una empresa cultural sostenida por un período largo. Llama sí la atención que hayan actuado tantos hombres y mujeres que en un medio tan poco propicio, se hayan empeñado en desarrollar sus talentos y aún en compartirlos con los demás. En las últimas décadas y a medida en que la población de Tierra del Fuego fue consolidándose, fueron surgiendo actividades culturales sostenidas en el tiempo. Hoy en día diversas expresiones artísticas enriquecen nuestro medio y dan lugar al surgimiento de nuevos artistas con una identidad propia y definida.

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Los primeros pobladores humanos de Tierra del Fuego fueron cazadores y recolectores nómades que dependían de los recursos terrestres existentes. Ocupaban lo que hoy es la Isla Grande, hace ya más de 10.000 años. Llegaron desde el Norte, caminando, pues en ese momento la Isla Grande estaba todavía conectada con la Patagonia Continental. El Estrecho de Magallanes se abrió a aguas oceánicas hace sólo unos 8.000 años. Una segunda oleada de poblamiento fue la de los nómades del mar. Estos llegaron por mar, navegando de isla en isla desde el Islario Occidental de Patagonia.

 

Se estima que su antigüedad máxima es de unos 6.500 años radiocarbónicos (si se transformase esta fecha en años calendáricos sería algo más antigua). A la llegada de los europeos a la región, la Isla Grande estaba ocupada por cazadores - recolectores cuya economía se centraba en los recursos terrestres, denominándose a sí mismos: selk’nam y haush. En tanto que las islas y canales que se extienden al Sur de la costa Norte de los Canales Beagle y Ballenero estaban ocupados por nómades del mar, cuya economía se basaba en el aprovechamiento intensivo de los recursos marinos. Se denominaban a sí mismos: yámana y halakwoolip. Los selk’nan son también conocidos como onas, los yámanas como yaganes y los halakwoolip como alacalufes.

 

Del material hallado en las excavaciones hechas en los yacimientos de Marazzi, Tres Arroyos, Cabeza de León, Túnel y Lancha Packewaia, se han extraído restos fósiles y encontrado conchales que se pueden ver a lo largo de las costas del Canal Beagle. Así como también restos de utensilios realizados con material óseo, como puntas de arpones, raspadores (área yámana), arcos, flechas y restos de pieles de animales cazados por los aborígenes (área selk’nam).

 

Con referencia a la extinción de estos grupos aborígenes, se puede atribuir a las siguientes causas:

 

Sobreexplotación de mamíferos marinos en nuestros mares australes, puesto que constituían la principal fuente de alimentación de los grupos canoeros. El cambio de dieta habría disminuido la resistencia de sus cuerpos al frío de la zona.

El hecho de haber contraído enfermedades contagiadas por el hombre blanco, contra las cuales no tenían inmunidad natural.

Su reclusión en comunidades cerradas, como en el caso de la Isla Dawson (Chile).

 

La introducción de ganado ovino a la Isla por parte de los grandes ganaderos y la necesidad de ocupar las tierras para pasturas, que hasta ese momento habitaban los aborígenes del Norte, hizo también a su exterminio y a su desplazamiento hacia el Oeste, donde fueron perseguidos. Hubo casos en que se llegó a pagar “una libra esterlina por indio muerto”.

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Los Haush y Onas o Selk’nam,

Los Haush

Fue el primer pueblo en desaparecer totalmente de la Tierra del Fuego, ya que en 1910, según Antonio Coiazza, solamente quedaba una tribu “… habitaba entre Bahía Thetis y Bahía Fatley, y ahora se ha reducido a una sola familia compuesta del padre y de dos hijas, y a una mujer de unos treinta y nueve años.”; y según Lucas Bridges, contándolo en 1899 : “Yo me pasaba todo el tiempo con Yoiyimmi y Saklhbarra a fin de aprender su idioma. Si hubiese sabido en aquella época que el aush era hablado sólo por sesenta indígenas en toda la Tierra del Fuego, no me hubiera tomado un semejante trabajo.”

 

Vivían en la parte Este de la Isla Grande de Tierra del Fuego, entre la Bahía Buen Suceso y el Cabo San Pablo. Aunque son considerados, por algunos, como parecidos a los selk’nam, también se supone que los haush llegaron antes a Tierra del Fuego, y que fueron rechazados hacia el Sureste. Tienen costumbres y mitos que presentan diferencias con la tradición selk’nam y un idioma notablemente distinto. Otra diferencia con los selk’nam, el otro pueblo fueguino “de tierra adentro”, es que su economía de alimentación y de vestimenta no depende principalmente del guanaco, sino de la foca.

 

Muchos datos precisos fueron conocidos gracias a Lucas Bridges por su libro “El último confín de la tierra” (1899) : “Durante los primeros años que pasamos en Harberton, fuimos visitados varias veces por un pequeño grupo de aush [...] Estos aush temían a los onas, sus vecinos del Norte y Oeste, más aún que a los Yaganes, y con fundado motivo. Durante varias generaciones habían sido obligados a evacuar una tierra buena, huir hacia el extremo Sudeste del territorio y reducirse a vivir en medio de la selva y la ciénaga.” Y sobre su origen : “Estoy convencido de que los onas y los aush provenían de los tehuelches del Sur de Patagonia, pero los aush llegaron a la Tierra del Fuego mucho antes que los onas [...] Había ciertamente mucha más diferencia entre el aush y el ona que entre este último y el idioma de los tehuelches. Creo que al principio los aush ocuparon toda la región, y se tuvieron que contentar con la punta Sudeste, de clima húmedo y plagada de ciénagas y espesos matorrales. Confirma mi teoría el hecho de que en la tierra ocupada por los onas existen nombres de lugares que no tienen significado en su idioma; son en realidad palabras que sólo tienen significado en el idioma aush.”

 

Onas o Selk’nam  

El país de los selk’nam en la Isla de Tierra del Fuego se extendía desde la cordillera fueguina hacia el Norte. Allí el relieve es llano o suavemente ondulado y está cruzado por abundantes cursos de agua. A medida que se avanza hacia el Norte se cruza primero una pradera con árboles espaciados, luego un ámbito estepario de pastizales. Ambos paisajes son fácilmente transitables y constituían el hábitat natural de gran cantidad de guanacos.

 

No solamente la alimentación, sino toda la forma de vida de los selk’nam estaba organizada en torno a las cacerías de estos animales. De ellos obtenían lo principal del sustento, la vestimenta y el reparo habitacional, como así también huesos, tendones y otros elementos de valor para su tecnología. En contraposición a sus vecinos del Sur y del Oeste, que eran canoeros nómades del mar cuya vida dependía en lo fundamental de los recursos marinos, es importante señalar que los selk’nam no se habían adaptado a la vida marítima. No navegaban y, según la imagen etnográfica, el aprovechamiento de los recursos marinos era complementario del de los terrestres.

 

Estos habitantes de la porción Norte de Tierra del Fuego, entre el Estrecho de Magallanes y las estribaciones septentrionales de la cordillera fueguina, se llamaban a sí mismos selk’nam. En el extremo Sud-Oriental de la Isla, los pobladores de la actual Península Mitre se autodenominaban haush. Unos y otros fueron conocidos por onas, denominación con que los designaron los yámanas, sus vecinos del Sur. Es correcto usar los términos primeramente indicados.

 

Dentro de los selk’nam es posible marcar una subdivisión: los parika entre el Estrecho de Magallanes y el Río Grande, y los hershka entre este río y las montañas meridionales. Había entre ellos algunas diferencias dialectales y de forma de vida, pero estos límites estaban desdibujados por otra cantidad de características comunes e interrelación.

 

Los selk’nam se caracterizaban por el riguroso autocontrol de su comportamiento y su reserva; no había efusividad en los saludos y era de mala educación exteriorizar emociones. No solían demostrar dolor, asombro, sorpresa ni agradecimiento para atenciones o por obsequios. Tampoco podían manifestar hambre: aún cuando lo tuvieran, no debían consumir el alimento hasta transcurrido un rato de obtenido y al recibir la comida se esperaba que la tomaran con indiferencia. Resistían calladamente el frío, la fatiga, el hambre y la sed. Demostrar dolor o aflicción era signo de debilidad. No obstante esta estoica contención, eran irritables y sus reacciones solían ser violentas. Salvo la no demostración de agradecimiento (que causó malentendidos varios) y la irritabilidad, el comportamiento general fue evaluado positivamente por europeos y criollos que tuvieron trato amistoso con ellos. En cuanto a la laboriosidad, no estaban habituados a trabajos constantes y prolongados.

 

El lenguaje de los selk’nam era áspero, con muchos sonidos oclusivos y guturales; en este sentido era similar al de los tehuelches de Patagonia continental. Para oídos no acostumbrados, una conversación amistosa sonaba como un violento altercado. Desafortunadamente, los vocabularios que se registraron de esta lengua cubren sólo una parte mínima de su idioma. Aún así parece haber habido pocas palabras abstractas. Hoy no existen quienes hablen y practiquen el selk’nam como lengua madre; es una fortuna que la Dra. Anne Chapman alcanzara a efectuar grabaciones de voces y cantos que pueden permitir una mejor apreciación de esa lengua.

 

Nadie, salvo niños, ancianos y enfermos, estaba exento de las labores de subsistencia; por el contrario, la participación en tareas colectivas o interfamiliares era voluntaria. Los varones se encargaban de la caza, la pesca en ríos con redes pequeñas, la confección de armas y la atención de los perros; las mujeres, de recolectar huevos, mariscos y vegetales, de conseguir peces (con arpones pequeños) cuando quedaban entrampados en las restingas liberadas por las amplias mareas atlánticas, y de cocinar. Lo obtenido era compartido con familiares y vecinos. No se conservaban alimentos, salvo pequeñas cantidades de grasa de pinnípedo o ballena y de hongos desecados. Las provisiones eran asadas junto al fuego o colocadas sobre brasas, pero no se acostumbraba a cocerlos mucho.

 

Siendo grupos nómades, sus viviendas eran de uso temporario y poco elaboradas. Las tenían de dos clases: la más común, en especial en el Norte, era el paravientos, formado por postes de madera de aproximadamente 1,5 m. de altura rematados en horquetas y por cantidad de cueros de guanaco cosidos entre sí que se colgaban de esos extremos y se sujetaban contra el piso con piedras o arena. El resultado era una pared que cubría dos tercios o tres cuartas partes de un óvalo. Podía ocurrir que otros cueros fueran colocados a manera de techo precario. Estas construcciones servían más para proteger el fuego de las ráfagas de viento que a los seres humanos de la intemperie. Cuando se debía reanudar camino, el paravientos era desarmado y reducido a paquetes en forma de cigarro, que eran transportados por las mujeres en su espalda.

 

La otra clase de viviendas era común hacia el Sur del territorio selk’nam, donde la proximidad a los bosques permitía una mayor disponibilidad de madera. Allí se levantaban chozas cónicas de troncos, con planta circular de 3 m. a 4,5 m. de diámetro. Como entrada se dejaba una abertura que era cubierta con un cuero a modo de cortina. Aunque de construcción rápida, estas viviendas no eran transportables, ni eran destruidas una vez terminado su uso. Quedaban erguidas a la espera de una posterior reocupación.

 

Para levantar estas moradas se prefería buscar el reparo al viento y la leña que pudieran proporcionar arbustos o árboles, pero además se quería tener capacidad de oteo de la caza. Esa combinación hacía que frecuentemente las viviendas fuesen instaladas en los lindes de bosques.

 

Salvo en el caso de estar desarrollándose un “hain”, nunca se levantaban chozas cerca una de otra, con el fin de conservar la independencia de sus ocupantes.

 

En el interior de los paravientos y de las chozas cónicas se encendía fuego. Este era prendido por percusión de pirita contra una roca silícea; como yesca se utilizaban musgos u hongos secos de una clase que crece en el suelo. El consumo de leña era alto y todos (varones, mujeres y niños) ayudaban en juntarla y transportarla hasta el campamento.

 

La base de la alimentación de los selk’nam era la carne del guanaco, la que es de buena calidad pero tiene poca grasa. En cambio, los huesos de sus extremidades contienen abundante médula de buen valor alimenticio. Se ha calculado que un animal grande permitía alimentar una familia de seis personas durante cuatro o cinco días. A estos grandes mamíferos los cazaban con arcos y flechas y, por lo menos en períodos recientes, con la asistencia de perros. En casi todo el territorio ocupado se podía encontrar guanacos en tropillas o como individuos aislados. Su búsqueda y captura determinaba la dirección de los frecuentes desplazamientos humanos, pero se debe recordar que los guanacos tienen comportamiento territorial y sus desplazamientos en general no superan los 20 Km. La costumbre que tienen de transitar siempre por los mismos senderos facilitaba rastrearlos, acecharlos y capturarlos, especialmente en invierno. Los cazadores los perseguían durante todo el año, actuando tanto aisladamente como en forma colectiva.

 

Según diversas fuentes escritas, en la porción Norte de la Isla Grande los indígenas comían muchos cururos que capturaban a hondazos o hundiéndoles las cuevas. Sin embargo, este dato no tiene correlato arqueológico; siendo esos roedores de tamaño pequeño, el valor alimenticio individual era necesariamente poco. Los zorros no eran comidos, sino cazados para obtener sus pieles. Aprovechaban como alimento las aves de tierra adentro y las muchas aves costeras: primordialmente cormoranes, pingüinos y cauquenes. A todas las capturaban a hondazos, o con trampas de lazo; en el caso de los cormoranes, para cazarlos, se descolgaban por los acantilados con ayuda de correas. Aparentemente comían poco pescado, al que obtenían en los charcos costeros donde los peces quedaban retenidos al bajar la marea, o con redes en la desembocadura de los ríos que drenan al Atlántico.

 

Los selk’nam además recolectaban mejillones, lapas y otros mariscos. Sin embargo, aunque su aporte haya podido ser puntualmente importante, todo indica que en el total de la vida era sólo complementario o secundario. Aprovechaban las oportunidades brindadas por los varamientos de ballenas en las playas; si bien éstos eran sucesos azarosos, les permitían obtener grandes cantidades de carne, grasa y huesos. Según el registro etnográfico, los productos alimenticios de origen vegetal no habrían incidido fuertemente en la dieta.

 

Los selk’nam se destacaban en la confección y empleo de arcos y flechas. La confección de los primeros era muy cuidadosa; si bien todo varón adulto sabía como hacerlos, había quienes eran más hábiles que otros en la confección de los arcos. Además, no en todas partes del país selk’nam se encontraba madera apta a tal fin. Esto hacía que hubiese un cierto intercambio, sea con arcos terminados, sea de madera empezada a trabajar. Las cuerdas estaban hechas de largos tendones retorcidos extraídos de las patas de los guanacos. Había flechas para caza terrestre y para aves marinas. Aparentemente, según fuera su destino se recurría para confeccionar sus astiles (mangos) a la madera de arbustos distintos. Las puntas de flecha eran preparadas con variedad de rocas; en los períodos más recientes el vidrio ganó fuerte popularidad para este fin. Obviamente las puntas de las flechas eran distintas según el tipo de presa que se intentaba cazar: por ejemplo, para aves se daba prioridad al impacto por sobre la penetración y las flechas no eran armadas con puntas sino con una varillitas transversales al astil.

 

Los cazadores portaban siempre varias flechas de reserva en aljabas hechas con el duro cuero de los lobos marinos que se llevaban bajo el brazo. La postura habitual para el disparo era sostener el arco en diagonal con un brazo algo flexionado mientras el otro estiraba la cuerda. El culote de la flecha era sostenido entre índice y pulgar y con él se tensaba la cuerda. En el momento de soltarlo, el brazo que sostenía el arco era enderezado, lo que contribuía a aumentar la propulsión. La forma de los astiles y el modo de emplomadura indican que las flechas debían ser muy veloces y tener alta capacidad de penetración. El que las puntas hayan sido en general pequeñas implica que se prefirió mantener la capacidad de penetración por sobre la de choque. Esto significa que eran armas eficaces aún a distancia, pero la información etnográfica indica que se trataba de tirar a los guanacos desde corta distancia para asegurar la potencia y el lugar del impacto y así disminuir las posibilidades de huida del animal herido.

 

Sus utensilios de piedra eran fundamentalmente fragmentos cortantes, raspadores enmangados y algunos punzones de piedra tallada. Los astiles de flechas eran terminados con ayuda de alisadores de arenisca y piedra pómez. Con cuero de guanaco se confeccionaban bolsos que permitían el transporte de agua por cortas distancias. Con pedazos de tripa o vejigas se hacían bolsitas impermeables. De los cueros de guanacos y pinnípedos obtenían correas. Los canastos de junco eran comunes.

 

Para obtener ciertas materias primas (como piedras, pedernales, madera para arcos, etc.) solía ser necesario el trueque (a veces a distancia), que cumplía además funciones sociales.

 

La madera apta para arcos solía circular de Sur a Norte, los cueros de pinnípedos u objetos recogidos en las playas lo hacían desde la costa hacia el interior. Desde Cabo San Pablo se distribuía una roca apta para tallar puntas de flecha, si bien en cada caso esos bienes podían ser reemplazados localmente por otros con una leve mengua de calidad.

 

El abrigo tradicional de los selk’nam era el manto largo de flexibles cueros de guanaco, aunque a veces también se lo confeccionaba con cueros de zorros o cururos. No era efectivo contra el frío pero protegía bien contra el viento. El manto de los varones era largo: cubría desde los hombros hasta los tobillos y se lo mantenía en su lugar reteniéndolo cruzado sobre el pecho con una mano. El manto de las mujeres era más corto: llegaba hasta las rodillas y estaba sostenido por correas que rodeaban el tórax. Por debajo llevaban una prenda interior a modo de enagua y un cubresexo triangular. Cuando los varones debían usar el arco, o si el manto se humedecía, dejaban caer éste sin vacilación y quedaban desnudos. También las mujeres se desprendían a veces de su manto, pero nunca de la prenda interior ni del cubresexo.

 

Como protección contra el frío, además, ambos sexos se frotaban el cuerpo con grasa de guanaco mezclada con ocre. Los selk’nam usaban mocasines de cuero rellenos de pasto y, a veces, polainas. Estos mocasines tenían corta duración y hacerlos era una tarea, si no cotidiana, muy frecuente. Los varones se colocaban sobre la frente, como distintivo de su condición de adultos y cazadores, unas tiaras triangulares hechas con el cuero gris de la frente de los guanacos que, sostenidas con dos cuerdas de tendones trenzados, se anudaban a la nuca.

 

El cabello era llevado largo y colgante a ambos lados del rostro; a veces lo ordenaban con un peine de barba de ballena y las mujeres lo cortaban sobre la frente en forma de flequillo. Los varones no usaban barba ni bigote y se depilaban las cejas y el poco vello corporal que tenían. A veces se lavaban en arroyos o lagunas, o se frotaban con pasto o musgo húmedos, pero el aseo no solía ser ni diario ni sistemático.

 

Los selk’nam solían pintarse con pigmentos negro, blanco y rojo con motivos y diseños sencillos pero variados, que podían tener significados relacionados con las situaciones que se estaban viviendo o los estados de ánimo. También usaban collares de tendones o con cuentas de segmentos de huesos huecos de aves, así como muñequeras y tobilleras de cuero, de tendones trenzados o de juncos. Se practicaban algunos tatuajes sencillos.

 

La familia selk’nam podía estar formada por padre, madre, hijos y ocasionalmente otros parientes. El parentesco era consanguíneo y reconocido tanto por línea paterna como materna; había términos diferentes para designar a los tíos de uno y otro lado y distinciones por edad entre los hermanos. No obstante la bilateralidad, en el matrimonio la mujer se incorporaba a la familia del marido. El lugar de residencia era siempre el de la familia del esposo y los hijos se integraban al linaje paterno.

 

No había normas fijas en cuanto al momento de imponer nombre. Éste solía aludir a particularidades personales o ser completamente arbitrario. Los niños solían ser tratados con indulgencia. A partir de los cuatro años comenzaban tratamientos algo diferentes según fuera su sexo. Las niñas comenzaban con las tareas propias de su sexo a edades más tempranas que los varones los del suyo.

 

La primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunos días de ayuno, silencio, pinturas y consejos. Para contraer matrimonio, los varones debían pasar por la ceremonia del hain, lo que habría ocurrido hacia los 17-20 años.

 

La consanguinidad era considerada impedimento para el matrimonio, por lo cual la esposa solía ser elegida fuera del círculo de parientes de trato cotidiano y a menudo en linajes lejanamente residentes. Tanto podía ocurrir que el matrimonio fuera arreglado por los padres sin consultar a la interesada, como que el aspirante enviara a la muchacha un arco de pequeño tamaño; ella podía no aceptar pero, si se pintaba de cierta manera y retribuía el arco con un brazalete, se daba por hecho el compromiso. A partir de allí no había otras ceremonias que cumplir. El marido simplemente llevaba consigo a su flamante esposa, o a lo sumo se celebraba un banquete acompañado por la construcción de la nueva choza.

 

La relación del marido con su mujer era muy celosa. La esposa no era una esclava, pero tenía posición netamente subordinada en lo económico y lo social. Si el cónyuge la maltrataba y la mujer huía, podía ser obligada a volver, usando incluso violencias físicas. La poligamia estaba permitida, aunque no era costumbre dominante; lo más común era no tener más de dos mujeres. Muchas veces surgía porque la esposa pedía tener ayuda en sus tareas domésticas, siendo en tal caso frecuente que se convocara a su hermana menor; otras veces nacía de la obligación social de proteger a la mujer del hermano si quedaba viuda.

 

Era habitual que las personas de edad fueran respetadas; a veces quedaban solitarios por la dificultad de desplazarse y seguir al grupo, pero en tal caso recibían ayuda. Las enfermedades eran atribuidas a brujerías, no se las consideraba naturales. Cuando alguien moría, sus deudos gemían, lloraban, se rasguñaban torso y miembros, se tonsuraban y se pintaban el rostro; sin embargo, las descripciones no sugieren que las manifestaciones de dolor hayan sido tan aparatosas como entre los yámanas. El cadáver era envuelto en su manto y atado a palos rectos; luego era inhumado en campo abierto o al pie de rocas. Al cadáver no se lo acompañaba con ajuar funerario alguno y se borraban las señales exteriores que delataran el lugar de la sepultura. Luego del entierro, los bienes del difunto eran destruidos -incluida la choza- pero no se mataban los perros. No está clara la razón de esta selección, pero tampoco está claro si existía propiedad personal sobre los perros. El nombre del muerto no debía ser pronunciado y se evitaba pasar por el lugar de la sepultura hasta que se hubiera perdido memoria de su existencia. Había asimismo reuniones de lamentación.

 

Las familias vivían en forma independiente, aunque solían reunirse en ocasión de varamientos de ballenas, cacerías colectivas, celebración de un hain, competencias deportivas o fallecimiento de alguna persona renombrada. Había también reuniones no periódicas de intercambio de bienes y sociabilidad. Por lo tanto, no eran infrecuentes las agrupaciones plurifamiliares.

 

Por encima de las familias, los selk’nam y los haush pertenecían a linajes patrilineales y patrilocales que compartían comunitariamente la posesión de un territorio específico. Los límites estaban fijados en piedras, montículos, cursos de agua, colinas, etc.; se suponía que debían ser respetados generación tras generación, pero podían sufrir modificaciones por conquista o por extinción de algún linaje. A través de esos territorios o “haruwen” los linajes se vinculaban con determinados personajes míticos que los habían recibido en el origen de los tiempos, pero no se consideraba que descendieran de ellos. Es incorrecto llamar “bandas” o “clanes” a esos linajes.

 

Los linajes no tenían jefatura definida. Las familias integrantes de cada linaje se movían y actuaban en forma independiente, pero tenían derecho compartido a la totalidad de bienes y animales de caza existentes en el respectivo territorio. Ingresar a un territorio ajeno sin contar con previo permiso no era permitido; intentarlo sin ese requisito podía dar lugar a sangrienta represión. Inclusive la penetración de un perro perteneciente a otro linaje podía dar lugar a represalias, debido a la posibilidad de que espantara la caza. Si en el territorio propio la subsistencia se había hecho difícil, se podía solicitar autorización para pasar a otro, pero ello obligaba a retribución con obsequios inmediatos y promesas de futura reciprocidad. Como el matrimonio era exógamo, la esposa solía provenir de otro linaje y esto generaba relaciones de parentesco que amortiguaban los conflictos. Sin embargo, la hostilidad era muy frecuente.

 

Homicidios, violaciones de límites, agravios al honor, rapto de mujeres y simples intrigas eran causas habituales de mortíferas riñas colectivas.

 

Los xo’on eran una mezcla de hechiceros, chamanes y curanderos. Se les atribuía poder sobre el clima, la caza y la guerra, restablecían la salud afectada por brujerías ajenas y hacían presagios. Eran temidos porque creían que podían matar con sus poderes. Se preparaban para actuar mediante una especie de autohipnosis. Efectuaban cantos y manipulaciones y se suponía que se servían de diversas fuerzas inmateriales.

 

Los selk’nam creían en la existencia de espíritus de los bosques, las montañas, los lagos, los animales y los hechiceros ya muertos. Aceptaban que los seres humanos tenían un ánima (que llamaban kashpi) y que había una vida post-mortem detrás de las estrellas, pero los muertos no tenían ulterior contacto con los vivos a menos que se tratara del espíritu de algún xo’on.

 

Contaban con cantidad de mitos, asociados a cada uno de los cuatro cielos en que dividían el espacio. Había mitos tanto explicativos del mundo y sus particularidades como seudohistóricos, recreativos, etc. En esos mitos los personajes principales eran: Kenosh, Kuanyip, el Sol y la Luna. El primero era el más antiguo de todos los antepasados y se había encargado de organizar el mundo en que vivían los selk’nam, de modo que estos pudieran aprovecharlo. Kuanyip era un héroe dual que podía ser tanto benefactor como antipático y egoísta. El ser más peligroso y maligno, capaz de cometer verdaderas atrocidades era la Luna, a la que consideraban femenina.

 

El hain era la ceremonia más importante de los selk’nam. Durante su desarrollo se cumplían roles tanto de capacitación (pues era el momento en que se trasmitía el conocimiento de mitos fundacionales de gran riqueza simbólica a los candidatos) como de evaluación (pues se los examinaba en lo referente a las capacidades desarrolladas para enfrentar las tareas propias de la vida adulta). Como parte del examen para ser reconocidos como adultos y cazadores, los candidatos debían soportar exigencias que demostraran dominio sobre sí mismos. Cacerías solitarias, limitación de los movimientos permitidos, de la expresión, del sueño, alimentación escasa eran las más frecuentes. Se les exhortaba a corregir su carácter. Pero lo más importante era la iniciación e ingreso de los varones a una cofradía masculina encargada de mantener la sumisión de las mujeres, sobre lo que se basaba la estructura social selk’nam. Se les narraba el mito fundacional: antiguamente la superioridad social estaba en manos de las mujeres, capitaneadas por la Luna, que disfrazándose de espíritus hacían creer a los varones que éstos las respaldaban. El Sol descubrió el engaño, los varones dieron muerte a todas las mujeres adultas y decidieron aplicar en provecho propio la simulación. La Luna, escapó de la masacre huyendo al cielo, donde sigue siendo perseguida por el Sol. La iniciación de los adolescentes incluía la revelación de que los espíritus no eran sino hombres disfrazados. Los varones cuidaban de no ser descubiertos: con máscaras de cuero de guanaco o de corteza y con otros elementos lograban desfigurar bastante exitosamente la condición humana de los actores y atemorizaban a las mujeres con apariciones de espíritus, cuyas personalidades y figuraciones eran muy definidas. Se suponía que algunos provenían de las profundidades de la tierra y otros del cielo.

 

La ceremonia se realizaba en una choza especial de gran tamaño, también llamada hain, pero incluía diversas actividades exteriores. El acceso a esa choza estaba absolutamente vedado a las mujeres, incluso su acercamiento excesivo podía ser reprimido con violencia física. Que un varón revelara a las mujeres lo que ocurría en su interior podía ser castigado con la muerte, tanto del infractor como de la mujer que hubiese tenido acceso a tal secreto. Al parecer, las mujeres espectadoras creían en la real presencia de los espíritus; según Lucas Bridges, se enteraron de la simulación sólo cuando la desintegración étnica estaba ya muy avanzada.

 

Había también danzas destinadas al esparcimiento de ambos sexos.

 

Al terminar la ceremonia, se entregaba a los adolescentes la tiara de cuero de guanaco y se los consideraba adultos.

 

Hoy la cultura y el estilo de vida tradicionales selk’nam han desaparecido. No hay quien tenga el selk’nam como lengua madre. Esta desaparición es una triste historia plagada de asesinatos, secuestros, desarraigos, etc.

 

Alacalufes o Halakwoolip  

Diversas han sido las denominaciones que ha tenido esta etnia, debido a la amplitud del territorio en que se desarrolló su existencia y a la dificultad de obtener datos de esta naturaleza por navegantes y viajeros de otras épocas, así como también por la influencia que ejerció lo que anotaron algunos investigadores sobre el particular.

 

Otro factor que debemos señalar se relaciona con la falta de entrenamiento auditivo de quienes recogían los testimonios lingüísticos; de allí la variedad de grafías que se encuentran en todos los escritos. Fitz-Roy fue el primero que designó a un grupo de indígenas que habitaban hacia el Oeste del Canal Beagle y el Estrecho de Magallanes con el nombre de Alikhoolip, indicando, además, la existencia de otros dos grupos. Sitúa al primero en la parte central del Estrecho de Magallanes, denominándolos Pecheray, debido a que estos indígenas lo recibieron con esta exclamación. El otro grupo que menciona lo ubica cerca de las aguas de Otway y Skyring, cuyo nombre no pudo averiguar, designándolos como Huemules. Se han encontrado yacimientos arqueológicos que muestran que llegaron en esos rumbos 6.000 años a.C.

 

Su estatura media era de 1,66 m. (indios pescadores de mediano cuerpo y mal proporcionados, según Juan de Ladrillo, 1557), y muchos relatos hablan de ellos como gente taciturna y triste. Vivían gran parte del día en sus canoas, y al anochecer acampaban en una choza en las playas. La posesión de la canoa de corteza confiere al individuo su independencia absoluta, mucho más que la construcción de una choza personal. Usaban el arpón, pero también la boleadora de una, dos o tres piedras. El arco, si lo sabían fabricar, casi no lo usaban.

 

La edad para el matrimonio se sitúa entre los 15 a 16 años para los varones y 13 o 14 años para las niñas, es decir, para los unos y los otros, un año después de la pubertad. Esta comienza en los muchachos hacia los 14 años, tal vez un poco antes; es en esta edad que dejan de andar desnudos. Entre las niñas, la pubertad tiene lugar hacia los 12 o 13 años. Los alacalufes practican la monogamia. El casamiento pasa a ser un acontecimiento que debe ser comunicado a todos, no sólo a parientes y conocidos más cercanos, sino también públicamente.

 

Es difícil asegurar el número de miembros de un grupo o de una familia, así como también saber si los grupos que se conocieron, de 60 a 80 miembros estaban emparentados entre sí, y así constituían una única comunidad. Entre 8 y 10 individuos, aproximadamente, vivían juntos en una choza, y aunque se juntaran muchos al mismo tiempo y en el mismo lugar, cada familia se componía solamente del número de personas señalado arriba, y cada una en especial se preocupaba por su subsistencia y calefacción, la educación de los niños, la construcción y conservación de su choza y de su canoa. Todo el amor y cuidado que brindan los padres a sus hijos despierta a su vez un sincero y franco amor de su parte. Los niños desarrollan un gran amor por el juego, a menudo apasionado, lo cual es comprensible. La mayoría de las horas del día deben permanecer sentados inmóviles en la canoa de corteza. Los niños son completamente dependientes de sus padres, especialmente cuando aún son pequeños. Todo niño desde su nacimiento hasta la pubertad es educado única y exclusivamente por sus padres, quienes son las únicas personas que enseñan a la criatura e influyen con su propio ejemplo para educarla en las costumbres reinantes en la etnia.

 

Como casi ningún otro pueblo primitivo, la vida social de los alacalufes está exclusivamente fundada en la familia, a la cual toda persona está subordinada. No tienen ningún vínculo superior ni un ordenamiento según la forma de organización. La familia configura una unidad completamente independiente, sin ningún tipo de unión con otras familias u organizaciones. Los hombres más ancianos y los brujos tienen una cierta influencia o autoridad indefinida sobre la gente. La única autoridad fija es aquella del hombre sobre su familia. Sólo las mujeres sabían nadar (como en el caso de los yaganes), buceaban en busca de mariscos, con un canasto en la boca. Luego nadando iban a buscar la canoa que se quedaba alejada de la playa en las algas. En la canoa, son las mujeres las que reman, los hombres se quedan de centinela con el arpón para la pesca (lo mismo sucede con la mujer yámana o la mujer selk’nam, que se llevan todos los implementos, mientras el hombre permanece disponible con el arco para una caza eventual).

 

Los alacalufes están cohesionados por un efectivo poder estatal implícito, el cual los custodia y guía. Entre ellos no existe una autoridad personal visible que una a todo el grupo étnico y lo guíe. Por lo tanto, entre ellos no se encuentra ningún cacique o jefe, ninguna persona con una primacía sobre los otros miembros de la etnia.

 

La forma religiosa de los halakwoolip registra la típica creencia en un dios supremo, igual que la similar que se encuentra en algunos pueblos primitivos. Este superior se llama Xólas. En lo que concierne a su personalidad, se lo considera como un puro espíritu, según la expresión de los indígenas, es “como un alma después de la muerte”, y tampoco antes ha poseído un cuerpo. Junto a este Xólas no existe ningún otro espíritu similar; su poder está por sobre todos los hombres, y por lo tanto, es esencialmente diferente del alma humana, la cual después de la muerte toma definitivamente una residencia junto a él. El owurkan, según Gusinde, podía ser considerado como médico, chamán o sacerdote encantador. Se ocupa tanto de las curas de males de salud y de la predicción del tiempo como de la influencia espiritual sobre la gente.

 

Emperaire ha estudiado los espíritus alacalufes: Ayayema [quien] “cuando impone su presencia maléfica en los sueños, en las enfermedades, es preciso cambiar de campamento y emigrar a otra playa”; Kawtcho, el espíritu rondador de la noche, caminando bajo tierra durante el día; Mwono, espíritu del ruido rondando por las montañas y los glaciares. Mientras Emperaire expuso que “la existencia de un ser superior bueno no tiene prácticamente lugar en la vida religiosa de los alacalufes”, algunos misioneros, como A. de Agostini, pensaban que los alacalufes creían en un ser bueno invisible llamado Alp-láyp, al cual le daban gracias cuando tenían copioso alimento, y en un ser malo, Alel-Cesislaber, un gigante que se llevaba las personas que cruzaba a su paso.

 

Creían que los buenos después de su muerte van a un bosque delicioso, a comer hasta hartarse de todo lo que les gustaba durante la vida, mientras los malos son precipitados en un pozo profundo de donde no pueden salir más.

 

Según el firme convencimiento de los alacalufes, es un ser superior el que lleva al alma individual desde la tierra hacia él, por encima de las estrellas, causando con ello la muerte, sin importar si la causa es una larga enfermedad precedente o un repentino accidente.

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